Pensamientos de un Aventurero Cósmico.

viernes, 25 de enero de 2008

Escudarse en una creencia (I)

El intelecto humano es un arma de doble filo. Cuando tenemos que solucionar un problema de índole técnica, el cerebro pronto se pone a cavilar y, con ayuda del conocimiento adquirido, ofrece una solución. Es maravilloso. También es magnífico todo el proceso creativo del que los humanos —unos más que otros— hacen gala. Formidable. Mas también ocurre que todo ese inmenso potencial se vuelve, a veces, contra la persona. Las causas pueden ser el miedo o la incerteza. Surge el temor en el individuo y éste, buscando protección, se escuda en lo primero que tiene a mano.

El miedo, ese inseparable y ancestral compañero del ser humano, desde siempre jugó un papel muy relevante en la supervivencia. Cuando aún el hombre vivía en las cavernas, era el miedo el que emergía ante el peligro inminente —el del posible ataque de un animal salvaje, por ejemplo—, persuadiendo al individuo de que lo mejor en esa situación sería escapar y ponerse a salvo. Con el progreso y con la creación de sociedades cada vez más complejas, ese miedo primordial comenzó a perder importancia; era posible, en grupo, defenderse del ataque, eliminar el peligro. Sin embargo, aún pese al avance, no se consiguió erradicar ese miedo; han surgido nuevos temores de una base puramente intelectual. Miedo a la soledad, miedo a lo inexplicable, miedo a lo impredecible, miedo a la muerte; el enemigo dejó de ser inminente e instantáneo para convertirse en algo latente e incierto. La duda eterna.

Surge, entonces, la necesidad de cubrir ese vacío generado por la capacidad intelectual; de ello depende alcanzar la felicidad, mitigar la tristeza y el desconsuelo propios de la incertidumbre. Cuestiones como la existencia de una vida después de la muerte hacen temblar al más valiente de los hombres, haciendo que en su lecho mortal se rebaje éste a la calidad de indefensa criatura a merced de la dama de negro. ¿Y si no hubiese nada después? Queremos creer que no es así. Tranquilos, la religión está aquí para desmentirlo, para prometernos un paraíso, para salvar nuestras almas. Queremos creer, deseamos creer.

Obtenemos así protección ante nuestro enemigo invisible; alguien subido a un altar nos dice que es así. «Por la señal de la Santa Cruz, de nuestros enemigos líbranos Señor, Dios nuestro. En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Amén.» La salvación está ahí, y se alcanza obrando conforme a una serie de reglas o mandamientos. Hay que tener fe.

Tener fe es necesario pero ya no suficiente. Se nos exige también devoción, entrega; morir por la causa, si es necesario. Las religiones organizadas van más allá del simple ejercicio espiritual. Para nada se trata de servir de guía a la gente de a pie; se trata, más bien, de dominar a toda esa gente. Una multitud al servicio de unos pocos; unos pocos sedientos de poder. ¡Hasta con toda desfachatez nos llaman corderos, borregos! Nos dicen en qué creer y qué hacer; nos dan órdenes. Para nada se tiene en cuenta nuestro criterio u opinión.

La imposición de credo es siempre alienante, es más, se utiliza como medio para la subversión de las masas. Lo que viene después es siempre un ejercicio abyecto del poder. Quien tiene poder ansía tener más poder. Obtienen la entrega de millones de adeptos, de millones de vidas que se sienten miserables en mayor o menor medida. A cambio les ofrecen la salvación de sus almas, contrapartida que ni siquiera ellos tendrán que abonar.

miércoles, 23 de enero de 2008

La vida entera de un vistazo

Nosotros —un «nosotros» diluido en el olvido— llegamos a comprenderte aquel día. Sin embargo, hoy lo que prevalece es la indolencia.

Existe la creencia de que en el lúcido momento que precede a la defunción a uno se le pasa por delante toda la vida en cuestión de décimas de segundo, a cámara rápida. Se ve, en ese trágico momento, lo que ha marcado su vida, lo que tuvo especial significado, lo memorable.

Tal vez se pueda condensar la vida entera de una persona en un intervalo de tiempo tan minúsculo. Tal vez sean muy escasos esos fugaces momentos de dicha en la vida, terriblemente aislados por eternidades de tedio. Tal vez hayan sido más frecuentes esos mágicos momentos pero no se han disfrutado conscientemente. Tal vez nos hemos dado demasiada prisa en vivirlos, consumiéndolos en tiempo récord y apreciándolos tan solo superficialmente.

Los álbumes de fotos que almacenamos, polvorientos, en nuestras moradas testifican a nuestro favor, alegando que la nuestra ha sido una existencia rica en experiencias; una vida intensa. No estemos tan seguros; poco hemos sacado en limpio de nuestros viajes, de nuestros encuentros o de nuestra propio recorrido en la vida. Ansiamos llegar prontamente al destino, sin pararnos ni siquiera a tomar un café calentito para reponer fuerzas. Queremos alcanzar ese destino para, a continuación, marcar otro punto como destino y sin dilación partir hasta ese otro punto. Se olvida lo andado, se obvia el lugar actual: tan sólo unas coordenadas, ningún significado. Nos movemos a toda prisa de un lugar a otro, sin disfrutar de la vida en ninguno de los sitios visitados. Conocemos a un montón de personas, pero ni celebramos su compañía ni compartimos sus inquietudes. Edvard Munch - VampiroLo único que nos queda, al final, es ese conjunto de fotografías, borrosas y descoloridas, que nos recordarán que nosotros sólo estábamos detrás del objetivo y no delante. Espectadores de la vida fuimos.

Y en la hora de nuestra muerte seguimos siendo espectadores, atentos al resumen de nuestra propia existencia: aquel día memorable en el patio del colegio, el primer beso en la boca, la excursión con los colegas, el acto de graduación, etc. Familiares, amigos, vecinos, compañeros; todos entran en escena, pero al otro lado del cristal de nuestros ojos, sin sentirlo en nuestro interior, porque en verdad esa sensación es muy desconocida. Y todo se esfuma rápidamente, con el último aliento; todo se hiela y desvanece, a la par que el torrente furioso de nuestra sangre se calma, volviéndose apagado y tibio.

jueves, 3 de enero de 2008

La flor más hermosa (II)

Las 4 de la mañana, en la víspera de un día festivo. Buena hora para vagar por las calles de una ciudad dormida a trozos: mientras son muchos los que descansan en la quietud de la noche, unas pocas aves nocturnas recorren, por ocio o por tormento, el entramado de calles. En mi caminata observé, al doblar una esquina, una céntrica cafetería, muy luminosa, que envasaba a no pocas personas en su interior; sin duda aves nocturnas. Era una de esas cafeterías que no cierran en toda la noche para dar servicio a quienes gustan de tomarse algún refrigerio a altas horas de la madrugada, entre copa y copa; un oasis perdido en medio del desierto de la noche. Sintiendo el frío de la noche en la cara y con el estómago apaleado por el hambre, resolví muy adecuado entrar para tomar algún tentempié.

Las 4 de la mañana, sentenció mi reloj cuando le pregunté la hora. Era esa la hora a la que comenzaba aquel teatro mágico anunciado en el Lobo Estepario de Hermann Hesse. «Teatro mágico. Entrada no para cualquiera. ¡Sólo para locos!», rezaba el rótulo aquel, en el libro. Me senté y esperé a que alguien viniese a atenderme. Así ocurrió y pedí lo que me apeteció para saciar mi apetito.

Durante el tiempo que permanecí en aquel establecimiento observé, curioso, el tránsito de los clientes. Unos entraban, otros salían, todos se sentaban un rato y consumían. Y mientras ingería bocados de mi manjar nocturno, yo recapitulaba pensativo las cosas acontecidas en tiempo pretérito.

Poco tiempo antes de haber entrado en aquella cafetería yo había asistido a un concierto de música, en un antro oscuro y sucio que criaba en su cavernoso habitáculo una atmósfera de mugre y tinieblas. Había decidido distraerme esa noche de mis ocupaciones mundanas y escuchar algo de música; la única actividad que logra hacer que me evada de la cruda realidad para visitar, en mis pensamientos, lugares mágicos. Esa noche tocaron dos grupos, teniendo éstos que compartir un escenario de reducidas dimensiones y algunos instrumentos.

En aquel lóbrego local me encontré con alguien de conocida faz pero, hasta entonces, ignorada identidad. Nos conocíamos de vista y, por ello, nos saludamos, nos presentamos y conversamos un poco. Encuentros anteriores no habían ido más allá de un cruce de miradas; un gesto de complicidad por encima de toda la masa de gente que, día tras día, es partícipe de la coreografía inerte de lo cotidiano. El de esa noche fue diferente: enriquecedor. Supo decirme lo que verdaderamente importa en la vida y lo que era totalmente accesorio y, como si de toda la vida me conociese, acertó de pleno en mis inquietudes al respecto. Un ángel, tal vez. Salí de aquel lugar con una visión renovada del mundo y dispuesto a vivir intensamente mi vida, disfrutando al hacer lo que tenga que hacer como parte de esas intensas vivencias. Y todo lo que no entre dentro de este plan es prescindible.

Terminé mis viandas y pagué la cuenta. Saludé con cordialidad a quienes me habían atendido y abandoné aquella luminosa cafetería perdida en la noche. Mi estómago estaba ahora saciado y mi mente tranquila. Buen momento para irse a dormir, pensé.

lunes, 31 de diciembre de 2007

Salsa agridulce

Ha llegado el momento de despedir el año en curso. Este año, que para mí ha sido más de sombras que de luces, se termina hoy con el frenesí desmesurado de la gente que se lanza a las calles para celebrarlo. Demasiado glamour, demasiada pantomima, demasiado gasto innecesario y demasiadas complicaciones. Cierto, pero todo sea por despedir un año que, para mí, ha comenzado con dolor y que ahora pretendo terminar con júbilo. De modo que me uno a la celebración para festejarlo, eso sí, a mi manera. Me apetece bailar salsa.

Por cada lágrima derramada en vano este año bailaré una canción. Por haber luchado por un imposible, por un sinsentido; por todo ese sufrimiento hoy brindaré, sabiendo que ha quedado patente que mis propósitos fueron siempre nobles. Por combatir cuando había que hacerlo y por la retirada también oportuna, hoy, celebraré la llegada del nuevo año con alegría y con el honor a salvo.

Nos vemos en las pistas de baile; bailando salsa.

Se que tú no quieres que yo a ti te quiera
Siempre tú me esquivas de alguna manera
Si te busco por aquí me sales por allá
Lo único que yo quiero no me hagas sufrir más

Oye, oye bien
Por tu mal comportamiento te vas a arrepentir
y en vano tendrás que pagar todo mi sufrimiento
Llorarás y llorarás sin nadie que te consuele
Así te darás de cuenta que si te engañan duele

Oye mira!
Y después vendrás a mí pidiéndome perdón
pero ya mi corazón no se acuerda más de ti
Llorarás y llorarás sin nadie que te consuele
Así te darás de cuenta que si te engañan duele

Te lo juro que si!
Bandolera..

Llorarás, llorarás, llorarás (llorarás)
como lo sufrí yo (llorarás)
oye tu llorarás (llorarás)
nadie te comprenderá (llorarás)
todo lo malo que hiciste (llorarás)
oye mira lo pagarás (llorarás)
llorarás llorarás (llorarás)
llorarás llorarás (llorarás)
tu me hiciste sufrir (llorarás)
ahora el que ríe soy yo (llorarás)
que no que no que sí que sí (llorarás)
ahora yo voy a vivir (llorarás)
mi vida como yo quiera (llorarás)
echa pa'lante que me voy (llorarás)

(Oscar de León - Llorarás)

lunes, 24 de diciembre de 2007

¿Hay vida antes de la muerte?

Es muy habitual preguntarse por lo que vendrá después del óbito, cuando nuestro aliento se extinga definitivamente y nuestro cuerpo yazca frío en una caja de madera. La eterna pregunta: la eternidad en cuestión.

Pero lo que cabría preguntarse con mayor urgencia y mejor detenimiento es por la viabilidad de una vida antes de la muerte. La vida como mero proceso biológico es un hecho, pero nos es desconocida la finalidad de dicho proceso. ¿Cuál es el sentido de la vida?

Humildemente reconozco que no dispongo de respuesta alguna a tan trascendental pregunta (¿alguien la tiene?). Lo que si puedo responder es que gracias a la finitud de la vida existe en nuestro interior un perentorio deseo por vivir con intensidad; reproduzco un párrafo del libro «El viaje al amor», de Eduardo Punset:
—Es gracias a la brevedad de la vida, a su finitud, que los dos, ahora mismo, en este aeropuerto, sentimos intensamente. Si la vida fuera eterna, resultaría muy difícil concentrarse en algo. Ni siquiera notaríamos el esplendor de las puestas de sol.
En alguna temprana etapa de la evolución de nuestra especie hemos renunciado a la inmortalidad. Algunas bacterias la tienen, nosotros ya no. La hemos cambiado por la posibilidad de evolucionar, de mejorar generación tras generación, de ser diversos. Tenemos un tiempo de vida limitado y hemos de vivirlo de forma genuina, única. No estamos hechos para ser clones o réplicas. Nuestras vidas han de ser plenas y ricas en detalles y matices diferenciadores. ¡Basta de anhelar las bondades ajenas, desarrollemos las propias nuestras! Debemos ser guionistas y protagonistas de nuestra propia existencia, ofreciendo así al mundo algo original y único, para ir finalmente a intimar con la Muerte con la sensación de haber cumplido, de haber tenido una vida plena, de haber experimentado la vida antes de la muerte.

martes, 18 de diciembre de 2007

Vicarious

vi·car·i·ous
–adjective
  1. performed, exercised, received, or suffered in place of another: vicarious punishment.
  2. taking the place of another person or thing; acting or serving as a substitute.
  3. felt or enjoyed through imagined participation in the experience of others: a vicarious thrill.
  4. Physiology. noting or pertaining to a situation in which one organ performs part of the functions normally performed by another.
(Dictionary.com Unabridged v 1.1)

La canción que abre el álbum «10,000 days» de Tool se titula «Vicarious», y habla sobre lo confortable y gratificante que resulta observar el sufrimiento ajeno, desde una distancia prudencial, amparados por el cristal del televisor. La programación televisiva que más audiencia está teniendo actualmente debe su éxito a la polémica, a la disputa entre personas, a los daños emocionales y sentimentales de sus participantes. Cada vez hay más reality shows. Los telediarios se sirven cada vez en un formato más sensacionalista, tratando de alarmar lo más que se pueda, mostrando lo más macabro y obsceno de la sociedad. ¡Es lo que la gente quiere ver!

Sentimos un extraño deseo: una necesidad urgente de alimentar el morbo con tragedias, pero, eso sí, lejos de alcanzarnos la desgracia para no mancharnos de sangre ajena. Nos encanta observar cómo acontecen esas desgracias a las personas que nos rodean, sin mover un dedo para ir a ayudarles. ¡Menudo problema!

Este funesto interés crece como un tumor dentro de un estilo de vida demasiado perfecto, que inhibe todas las posibles emociones en pos de la prosperidad individual. Pero esa no es nuestra naturaleza; la vida es sufrimiento y júbilo, a partes iguales, y esto es imprescindible e insustituible. Si de alguna manera se restringen las emociones —buenas y/o malas— se producirá de forma totalmente natural algún ajuste para restablecer el equilibrio que es menester que exista. La vida clama por la vida, por las relaciones interpersonales, por la comunicación entre semejantes y por todas las penas y glorias que esto conlleva. En una sociedad de sentimientos plastificados, hipocresía y egoísmo, donde el miedo ejerce soberano el control de las mentes y donde los principios se venden al mejor postor, el sufrimiento ajeno resulta hasta gratificante. ¿Es esto lo que queremos?

I need to watch things die
From a good safe distance
Vicariously, I
Live while the whole world dies
You all feel the same so
Why can't we just admit it?


Tool - Vicarious

lunes, 10 de diciembre de 2007

¿Y por qué no?

(Esta entrada está dedicada a una persona excepcional: creativa y asombrosamente fiel a sus principios. Desde mucho tiempo atrás ella ha querido y ha demostrado ser lo que realmente quería ser, sabiendo desarrollar sus actividades personales y profesionales sin dejar de ser ella misma. Por razones como estas mi admiración hacia ella es superlativa. Enhorabuena, NCP.)

Nuestras vidas son moldeadas hasta la alienación. No podemos escoger la forma de desarrollar nuestra existencia; se nos impone desde muy pequeños un modelo educativo totalmente rígido que lo único que hace realmente bien es amaestrarnos para lo que después venga. Luego de un extenso periodo formativo, sumamente prolijo y redundante, se nos encasilla en un entorno laboral y en una dinámica de trabajo que bloquea nuestras verdaderas capacidades.

Somos borregos. La sociedad actual es un rebaño. Todo lo que se nos ha inculcado mediante la educación recibida en las primeras etapas de la vida equivale a los bastonazos y gritos del pastor para llevar al rebaño siempre unido. Colectivamente el rebaño funciona bien, cumpliendo las funciones de productividad esperadas. Individualmente no hay posibilidades de éxito; la res descarriada está definitivamente perdida, condenada a una muerte segura a modo de alimento de algún depredador. No se han desarrollado habilidades para la supervivencia.

Permanecer en el rebaño, haciendo lo que éste hace, es una opción muy sensata. Es lo más seguro, al menos mientras dicho rebaño no se precipite por un barranco. Pero, ¿y si tomamos nosotros la iniciativa de tirarnos por el barranco, antes que nadie, antes que el resto del rebaño? Bien, es evidente que si hacemos eso la caída será mortal. Es una locura.

¡Hagamos locuras, entonces! Hagamos como "El Loco" del Tarot, que siempre es dibujado lanzándose al vacío. ¿A qué esperamos para dar rienda suelta a nuestra creatividad, a ser auténticos, a hacer las cosas con entusiasmo y siendo conscientes de la verdadera razón de ser de todo lo que hacemos? ¡Elevemos nuestra actividad a la categoría de arte!

Hay que actuar con determinación, con fe en nuestra verdadera causa. Es preciso aprender también la forma de resguardarnos de las caídas, o más bien aprender a caer bien, para no hacernos daño. Hemos de vencer ese miedo que a mordiscos nos frena cada vez que intentamos enfrentarnos a lo desconocido y sustituirlo por la consciencia plena del mundo. Hay que desatrofiar todos los sentidos. Proyectemos nuestra esencia en el mundo; seamos genuinos, auténticos, originales. Seamos un poco locos, y cuando nos pregunten por qué hacemos lo que hacemos responderemos: ¿y por qué no?.