Pensamientos de un Aventurero Cósmico.

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lunes, 3 de marzo de 2008

Recuperar la inocencia

A veces deseo olvidar. Olvidar que te odio, olvidar el rencor que te guardo. Quisiera disolver el terrible dolor que empapa mi corazón, disipar las penas, eliminar los malos recuerdos. A veces deseo olvidar porque ya mi vida no es lo mismo sin ti, y contigo sería tal vez peor.

Peor por tener la certeza de que acabaríamos mal, odiándonos de nuevo; jugando a la guerra, hiriéndonos. Adorándonos en la luz, traicionándonos en la sombra. Agridulce pasión. Cambiando de cara al verte, forzando una sonrisa, para evitar tus inorportunas preguntas. Mordiéndome la lengua para no acusarte, para no delatar tu mezquindad. Buscando la paz del momento, frágil, quebrantable, pendiente de un hilo. Tratando de aguantar miserablemente una situación que sin remedio va a peor. Cada vez peor. Peor porque la cruda realidad erosiona nuestras ilusiones.

Ilusiones, las de los ilusos. Ilusos somos porque creemos que algún día llegará algo que nos librará de nuestras penas y nos hará felices. ¡Qué ilusos! Las penas seguirán ahí. Tú sigues ahí, como si nada fuese contigo, pero sólo tu presencia me hiere y me atormenta. Eres tan sólo una ilusión, pero no consigo borrarte de mi mente.

Mi mente está contaminada. Contaminada de tu veneno, pero he descubierto el antídoto: tu destrucción. Sé que no eres real; yo te creé. Te necesitaba para aliviar mi soledad, por eso te creé. Yo te imaginé, te diseñé, pensé en ti y ahí apareciste tú. También fui yo quien decidió que me abandonases; ya no podías ofrecerme nada nuevo. Ahora seré yo quien te destruya. ¡Oh! Tu sonrisa ya se ha borrado, esa sonrisa que yo dibujé en tu rostro para mí. Pronto desaparecerás de mi mente y del mundo.

Mundo loco. Mundo salvajemente civilizado. Civilización de salvajes, de locos. Éste es el mundo que yo veo, que he descubierto y que ahora aborrezco. Quisiera destruirlo todo y entrar en un mundo nuevo, descubriendo con virginal ilusión lo que ahora rancio se marchita en mi mente. Quisiera recuperar la inocencia.

lunes, 18 de febrero de 2008

A un ruiseñor

He aquí uno de los sonetos más bellos que conozco. Se titula «A un ruiseñor» y lo escribió José de Espronceda.
Canta en la noche, canta en la mañana,
ruiseñor, en el bosque tus amores
canta, que llorará cuando tú llores
el alba perlas en la flor temprana.

Teñido el cielo de amaranto y grana,
la brisa de la tarde entre las flores
suspirará también a los rigores
de tu amor triste y tu esperanza vana.

Y en la noche serena, al puro rayo
de la callada luna, tus cantares
los ecos sonarán del bosque umbrío:

Y vertiendo dulcísimo desmayo
cual bálsamo suave en mis pesares,
endulzará tu acento el llanto mío.

martes, 5 de febrero de 2008

Ad Mortem Festinamus

(A mi abuelo, q.e.p.d.)

Aún ahora me parece increíble. La noche pasada cantábamos, tocábamos, bailábamos con ritmo, disfrutando de la fiesta, ahogando las penas mundanas con música. Ese es el ritmo que yo llevo en la sangre, tu sangre; sin duda heredado de ti, compañero. Maestro. Pocas horas después fue cuando ocurrió; ese ritmo cesó para siempre en tu corazón. Nunca se sabe cuando la Dama de Negro vendrá para darnos su dulce beso eterno; por eso hay que divertirse hasta el final, sin fallar a la honradez y a la humildad.

Tu vida fue para mí ejemplar. Te recordaré siempre sonriente, como muestra de tu humor incansable; siempre alegre. Viviste plenamente hasta el final, a pesar de las limitaciones. Siempre optimista, a pesar de las complicaciones. Te guardo en mi corazón como referente, porque has triunfado en la vida sin causarle mal a nadie, porque eras amable con todo el mundo. Gracias por ser como eras. Todos te recordaremos con cariño. También con pena porque nos dejas, pero sobre todo te recordaremos con la máxima admiración.

jueves, 3 de enero de 2008

La flor más hermosa (II)

Las 4 de la mañana, en la víspera de un día festivo. Buena hora para vagar por las calles de una ciudad dormida a trozos: mientras son muchos los que descansan en la quietud de la noche, unas pocas aves nocturnas recorren, por ocio o por tormento, el entramado de calles. En mi caminata observé, al doblar una esquina, una céntrica cafetería, muy luminosa, que envasaba a no pocas personas en su interior; sin duda aves nocturnas. Era una de esas cafeterías que no cierran en toda la noche para dar servicio a quienes gustan de tomarse algún refrigerio a altas horas de la madrugada, entre copa y copa; un oasis perdido en medio del desierto de la noche. Sintiendo el frío de la noche en la cara y con el estómago apaleado por el hambre, resolví muy adecuado entrar para tomar algún tentempié.

Las 4 de la mañana, sentenció mi reloj cuando le pregunté la hora. Era esa la hora a la que comenzaba aquel teatro mágico anunciado en el Lobo Estepario de Hermann Hesse. «Teatro mágico. Entrada no para cualquiera. ¡Sólo para locos!», rezaba el rótulo aquel, en el libro. Me senté y esperé a que alguien viniese a atenderme. Así ocurrió y pedí lo que me apeteció para saciar mi apetito.

Durante el tiempo que permanecí en aquel establecimiento observé, curioso, el tránsito de los clientes. Unos entraban, otros salían, todos se sentaban un rato y consumían. Y mientras ingería bocados de mi manjar nocturno, yo recapitulaba pensativo las cosas acontecidas en tiempo pretérito.

Poco tiempo antes de haber entrado en aquella cafetería yo había asistido a un concierto de música, en un antro oscuro y sucio que criaba en su cavernoso habitáculo una atmósfera de mugre y tinieblas. Había decidido distraerme esa noche de mis ocupaciones mundanas y escuchar algo de música; la única actividad que logra hacer que me evada de la cruda realidad para visitar, en mis pensamientos, lugares mágicos. Esa noche tocaron dos grupos, teniendo éstos que compartir un escenario de reducidas dimensiones y algunos instrumentos.

En aquel lóbrego local me encontré con alguien de conocida faz pero, hasta entonces, ignorada identidad. Nos conocíamos de vista y, por ello, nos saludamos, nos presentamos y conversamos un poco. Encuentros anteriores no habían ido más allá de un cruce de miradas; un gesto de complicidad por encima de toda la masa de gente que, día tras día, es partícipe de la coreografía inerte de lo cotidiano. El de esa noche fue diferente: enriquecedor. Supo decirme lo que verdaderamente importa en la vida y lo que era totalmente accesorio y, como si de toda la vida me conociese, acertó de pleno en mis inquietudes al respecto. Un ángel, tal vez. Salí de aquel lugar con una visión renovada del mundo y dispuesto a vivir intensamente mi vida, disfrutando al hacer lo que tenga que hacer como parte de esas intensas vivencias. Y todo lo que no entre dentro de este plan es prescindible.

Terminé mis viandas y pagué la cuenta. Saludé con cordialidad a quienes me habían atendido y abandoné aquella luminosa cafetería perdida en la noche. Mi estómago estaba ahora saciado y mi mente tranquila. Buen momento para irse a dormir, pensé.

lunes, 31 de diciembre de 2007

Salsa agridulce

Ha llegado el momento de despedir el año en curso. Este año, que para mí ha sido más de sombras que de luces, se termina hoy con el frenesí desmesurado de la gente que se lanza a las calles para celebrarlo. Demasiado glamour, demasiada pantomima, demasiado gasto innecesario y demasiadas complicaciones. Cierto, pero todo sea por despedir un año que, para mí, ha comenzado con dolor y que ahora pretendo terminar con júbilo. De modo que me uno a la celebración para festejarlo, eso sí, a mi manera. Me apetece bailar salsa.

Por cada lágrima derramada en vano este año bailaré una canción. Por haber luchado por un imposible, por un sinsentido; por todo ese sufrimiento hoy brindaré, sabiendo que ha quedado patente que mis propósitos fueron siempre nobles. Por combatir cuando había que hacerlo y por la retirada también oportuna, hoy, celebraré la llegada del nuevo año con alegría y con el honor a salvo.

Nos vemos en las pistas de baile; bailando salsa.

Se que tú no quieres que yo a ti te quiera
Siempre tú me esquivas de alguna manera
Si te busco por aquí me sales por allá
Lo único que yo quiero no me hagas sufrir más

Oye, oye bien
Por tu mal comportamiento te vas a arrepentir
y en vano tendrás que pagar todo mi sufrimiento
Llorarás y llorarás sin nadie que te consuele
Así te darás de cuenta que si te engañan duele

Oye mira!
Y después vendrás a mí pidiéndome perdón
pero ya mi corazón no se acuerda más de ti
Llorarás y llorarás sin nadie que te consuele
Así te darás de cuenta que si te engañan duele

Te lo juro que si!
Bandolera..

Llorarás, llorarás, llorarás (llorarás)
como lo sufrí yo (llorarás)
oye tu llorarás (llorarás)
nadie te comprenderá (llorarás)
todo lo malo que hiciste (llorarás)
oye mira lo pagarás (llorarás)
llorarás llorarás (llorarás)
llorarás llorarás (llorarás)
tu me hiciste sufrir (llorarás)
ahora el que ríe soy yo (llorarás)
que no que no que sí que sí (llorarás)
ahora yo voy a vivir (llorarás)
mi vida como yo quiera (llorarás)
echa pa'lante que me voy (llorarás)

(Oscar de León - Llorarás)

domingo, 25 de noviembre de 2007

Sólo para locos

Lo que a continuación transcribo es una poesía que aparece en la obra "El Lobo Estepario", de Hermann Hesse. Dedicada a todos los que de vez en cuando se sienten lobos esteparios.

Yo voy, Lobo estepario, trotando
por el mundo de nieve cubierto;
del abedul sale un cuervo volando,
y no cruzan ni liebres ni corzas el campo desierto.

Me enamora una corza ligera,
en el mundo no hay nada tan lindo y hermoso;
con mis dientes y zarpas de fiera
destrozara su cuerpo sabroso.

Y volviera mi afán a mi amada,
en sus muslos mordiendo la carne blanquísima
y saciando mi sed en su sangre por mi derramada,
para aullar luego solo en la noche tristísima.

Una liebre bastara también a mi anhelo;
dulce sabe su carne en la noche callada y oscura.
¡Ay! ¿Por qué me abandona en letal desconsuelo
de la vida la parte más noble y más pura?

Vetas grises adquiere mi rabo peludo;
voy perdiendo la vista, me atacan las fiebres;
hace tiempo que ya estoy sin hogar y viudo
y que troto y que sueño con corzas y liebres
que mi triste destino me ahuyenta y espanta.
Oigo al aire soplar en la noche de invierno,
hundo en nieve mi ardiente garganta,
y así voy llevando mi mísera alma al infierno.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Sin tregua

La última guerra acaba de estallar. Última porque ya no vendrá otra; ésta no tendrá fin. ¡Sálvese quién pueda! Ha ocurrido porque el ambiente era irrespirable, de crispación constante: el conflicto era inminente. El mundo entero estaba agitado, caliente, enervado, rabioso. El último reducto de paz en la Tierra desapareció, desintegrándose en medio de la tormenta.

Ya no hay esperanza. Carece de sentido plantearse qué hacer en el futuro. Viviremos, de ahora en adelante, cada día como si fuera el último de nuestras vidas. En realidad, podría tratarse éste del último día de nuestras vidas. Aún cuando reina la calma —aparente, por supuesto— la preocupación se respira en el aire, pues en cualquier momento puede aparecer la bala, la flecha o el rayo que nos fulmine.

Los únicos buenos momentos que toca vivir ahora son los proporcionados por la satisfacción de abatir al enemigo, de causarle una baja más, de saquear sus propiedades y de conquistar su territorio. Es una alegría pasajera, pues todo eso así obtenido se desvanecerá rápidamente. Nada permanece en su sitio. Es el caos.

Tan solo cabe esperar, sin prisas, por la única cosa de la que tenemos certeza absoluta de que va a ocurrir: nuestra propia muerte. No buscamos la muerte biológica, sino la extinción de nuestra propia alma. Buscamos alcanzar el nirvana, reiniciar el ciclo; para renacer como una nueva humanidad, mejorada y superior.

lunes, 15 de octubre de 2007

Locura

Habiendo bebido la sangre de algún dios maldito experimento en estos días últimos de sufrimiento el proceso de transformación voraz que perturba mis entrañas. Siento la presión en mis venas, a punto éstas de estallar; siento los latidos, unos mil por minuto.

El cielo azul tornose esta mañana del color de la sangre; y el sol perdió su brillo por un momento, eclipsado, encerrado en una esfera negra y opaca de la que pretendía salir forcejeando con sus rayos prisioneros. Yo, mientras tanto, permanecía petrificado ante aquella mirada negra que atravesaba mi alma. Penetrante y fugaz, aquel cuchillo invisible que salía de sus ojos diseccionaba todo mi ser. Oh, Kali obscura.

Vino después la tarde, o la noche, ¿quién sabe? Todo a mi alrededor ardía con los cobrizos rayos de un sol crecido y furioso; devastador. Trágico paisaje. Desoladora visión. La gente se agolpaba a mi alrededor, corriendo sin cesar, gritando. Yo apenas sentía el calor del fuego que abrasaba mi piel; sólo sentía la corrosiva ausencia de aquello que da sentido a mi vida: mi dulce droga, mi suave bálsamo. Necesité un trago.

Habiendo bebido la sangre de algún dios maldito comprendo en estos últimos días de terrible soledad el elevado precio de la búsqueda de la verdad. Demasiado tarde para volver atrás. Ya sé demasiadas cosas como para cancelarlo todo y hacer como que me he olvidado de todo. No puedo fingir, no sé fingir.

Desde mi butaca puedo ver como el ilusionista introduce el conejo en la chistera, mientras cuenta chistes y charla con el público. ¡Chistoso charlatán! Se acabó para mí la magia en este patético espectáculo, aunque lo cierto es que se trata de un truco imposible: el conejo nunca existió. Por suerte, puedo calmar mi pertinaz preocupación al mismo tiempo que la sequedad de mi garganta. Oh, maldita adicción.

Habiendo bebido la sangre de algún dios maldito resuelvo, hoy, poner fin a esta pesadilla. Siento ya como todo en mi interior se apacigua. El proceso de transformación se detiene, se aletarga, se pospone indefinidamente. Me entra el sueño. Cierro los ojos. Descanso.

sábado, 1 de septiembre de 2007

Dulce y depresiva

Esta es una noche de quietud forzada. Ya las hordas de turistas han emprendido su viaje de retorno a sus lugares de origen, aunque el buen tiempo, tardío este año, aún permanece y nos obsequia con noches agradables como ésta.

Recorro las inertes calles con mi coche, escuchando complacido la música que me apetece: The Gathering, alguno de sus discos antiguos. La escucho para mitigar temporalmente la horrible pena de la soledad. La voz de Anneke, suave y dulce, actúa como un bálsamo al mismo tiempo que la música me hace flotar, mientras conduzco, despacio, tranquilo. Esta música celestial me proporciona una sensación de agrado, haciendo que mi regreso a casa en la noche sea un momento especial, dichoso.

Llego a casa y escribo esto. Me encuentro muy tranquilo, sosegado. Ahora mis penas parecen haberse marchado, como por acción de una mágica droga. Mañana me despertaré, atacado de nuevo por la misma sensación de vacío de siempre; es muy probable que eso ocurra. Pero tengo más canciones.

There is no place
On the face
Of this earth
Only silence
Is the sound
Of an angel


The Gathering - Great ocean road

miércoles, 1 de agosto de 2007

Noches de verano

Comienzo mis vacaciones y comienza a llover. ¡Vaya un verano atípico éste! Pero lo cierto es que me da igual; ni esto me impide disfrutar de mi tiempo ni ha de llover para siempre. Espero que, por lo menos, sea éste un año libre de incendios forestales.

No puedo negar que prefiera el buen tiempo, el cual me permite llevar a cabo actividades al aire libre que con tiempo lluvioso son incómodas o, directamente, imposibles. Necesito días largos y soleados para cargarme de optimismo, para aliviar las penas del crudo invierno que ya dejamos atrás. Quiero disfrutar de las agradables noches de verano al aire libre, tranquilo y relajado; apreciando las fragancias de las flores nocturnas cuando paso cerca de algún jardín o hundiendo mis pies en la suave y fina arena de alguna playa, plateada por la luz de la luna.

Mucho me apetece tumbarme de noche en la playa y observar desde allí el firmamento, viendo como miles de estrellas en la negra bóveda rielan sin cesar. Es ése un momento de absoluta calma —muy deseable para olvidarse un poco del ajetreo cotidiano— y adecuado para compartir con las personas queridas. Sugerencias para esas noches mágicas son la caza de estrellas fugaces —que bien es cierto que conceden los deseos pedidos al ser vistas si realmente éstos provienen del corazón—, un picnic nocturno o cualquier otra actividad destinada al relax; el objetivo es olvidarse por un momento de las preocupaciones.

A propósito de las estrellas fugaces, cabe mencionar que en la noche del 12 de agosto tiene lugar todos los años la lluvia de meteoros de las Perseidas, conocida también como las lágrimas de San Lorenzo. Es ésta una buena ocasión para reunirse en un lugar tranquilo y poco iluminado —por ejemplo, una playa— y disfrutar del «espectáculo».

Tragedienne of heavens
Watching the eyes of the night
Sailing the virgin oceans
A Planetride for Mother and Child


Nightwish - Stargazers

miércoles, 13 de junio de 2007

Fue un sueño

Me contabas, Eléanor, con lujoso detalle, lo que al parecer fue una ensoñación tuya. Pero debes darte cuenta, querida, de que Morfeo te la jugó, y que lo que daba la impresión de ser un vívido recuerdo de experiencias pasadas no es, en realidad, más que un alocado sueño engendrado en tu ocurrente cabecita.

En tu fantasía apareció un extraño personaje, surgido de la nada, y te tendió la mano. Te dio también algún abrazo y algún beso en la mejilla. ¡Parecía tan real...! Jurarías haber sentido de verdad sus caricias. Luego te llevó a lugares mágicos, obscuros pero pacíficos, solazados por una suave y fresca brisa nocturna. Brisa que alborotaba tus cabellos, suaves y lacios. Te sedujo y te condujo a un mundo diferente, de plata y seda, de dulces aromas, de sosiego interminable. Te sentías confortada, comprendida, querida, venerada. ¡Ay, Eléanor, qué bonito era aquello!

Tu imaginación durmiente visitaba luminosos parajes pertenecientes a los más recónditos lugares del mundo. Ibais volando a todos ellos, cogidos de la mano tu amigo y tú, observando gentes y costumbres, paisajes y ciudades. Te presentó tu cómplice a otros seres de su misma galaxia, los cuales te acogieron con fervoroso cariño. Te invitaban a sus banquetes celestiales, en lo alto de alguna inaccesible montaña; una suerte de Olimpo donde espacio y tiempo aflojaban su estricta definición. Todos te admiraban, siendo siempre su foco de atención. Eras la niña de sus ojos.

Pero tu onírica aventura llegó a su término. Despertarse de aquel sueño fue algo traumático. De nuevo, sufriste el choque con la realidad, pútrida y pestilente. Aquel extraño compañero desapareció, y con él, todo ese mundo de maravillas. Pero te niegas a creerlo. ¡Fue un sueño, Eléanor, sólo un sueño! A veces afirmas haber visto a alguien que se le parece, pero sólo es una impresión tuya; algo meramente subjetivo, fruto de casuales reminiscencias de la mente. No es real, no existe de verdad.

Te pareció ver también a algunos de los que compartieron manjares y ambrosías contigo en aquel rincón del paraíso que tu soñaste. Olvídalo, no eran ellos, porque tampoco existen. Seguramente tu imaginación trastornada te sugirió eso donde sólo había un grupo de personas engullendo como cerdos comida basura, hablando de sus sucios e indecorosos asuntos. Tú afán por identificarlos ha hecho incluso que éstos te correspondiesen con alguna mirada desdeñada, causante a la postre de tu extremada angustia.

Ahora estás despierta, Eléanor, y nada de aquello que soñaste existió ni existirá. No sigas buscando; deja de darle vueltas en tu cabeza, pues así sólo lograrás una mayor decepción. La realidad en la que ahora estás inmersa puede resultarte muy dura, sintiéndote incomprendida, en ocasiones ignorada, fracasada. Los paisajes que te rodean son grises y deprimentes. Las personas que ves todos los días parecen llevar un mensaje funesto escrito en su cara, de perenne tristeza, de enorme desdicha. ¡Debes ser fuerte, Eléanor!

Suena en tu cabeza una infernal melodía, monótona y repetitiva. Tiene un compás de siete por cuatro, y siempre suena la misma nota. Es la sintonía de la realidad, cansina e implacable. Nada hay, en el día a día, que rompa con la rutina. Tu sueño revelaba maravillas, Eléanor, pero eso ya pasó. Aunque, eso sí, podrás cuando quieras volverte a dormir y bucear por los insondables entresijos del subconsciente.

What if i unscrew
Your own identity
Wouldn't you guess there's nothing left of you?

The Gathering - Eléanor

lunes, 28 de mayo de 2007

Ojalá

Ojalá no necesites nunca el abrazo de un amigo por estar triste. Ojalá no tengas que sufrir el frío tacto de la Soledad. Ojalá vivas por siempre feliz y tu sonrisa no se apague nunca. Ojalá que tus ojos no tengan nunca que llorar, si no es de risa o de felicidad. Ojalá que el amor esté en tu vida siempre presente, llamándote a la puerta cada día. Ojalá no te falte nunca la comprensión de quien te aprecia. Ojalá que el cariño y la ternura no desaparezcan de tu vida, aplastados por el ajetreo del día a día. Ojalá no seas foco de la maldad de nadie. Ojalá.

ojalá.
(Del ár. hisp. law šá lláh, si Dios quiere).
1. interj. Denota vivo deseo de que suceda algo.

miércoles, 25 de abril de 2007

Alas de papel (IV)

La tormenta castigaba los tejados de los edificios más altos. Sombríos éstos, palidecidos por la penumbra de la noche, creaban un paisaje lóbrego en el que un gélido viento de desasosiego recorría raudo las calles mortecinas. Las negras nubes de la tormenta mostraban su perfil en el cielo con la luz de los rayos, durante brevísimas fracciones de segundo.

Yo subía por las escaleras de una alta torre de piedra, queriendo alcanzar el punto más alto. Buscaba un lugar de soledad donde esconderme y donde intimar con mis preocupaciones. Llegué a un cuarto vacío, en lo alto de aquella alta torre, con una ventana desnuda, sin cortinas, y desde la cual podía verse el mar de tejados pardos de la ciudad en la noche.

Un rayo descendió desde las negras nubes de tormenta, haciéndose camino entre éstas, hasta el pararrayos de un tejado cercano. Yo lo vi, vi como su luz cegadora y fulminante explotaba a una escasa distancia de donde yo estaba. Entre la brillante luz y el terrorífico estruendo vi la imagen de un ángel, acercándose, volando hacia mí. Lo vi ya en la ventana, mientras yo yacía en el suelo, arrollado por la impresionante fuerza del rayo. Me hizo una señal, indicándome con su dedo una dirección, y luego se desvaneció. Con su imagen aún plasmada en mi retina hice un desmesurado esfuerzo por levantarme y averiguar qué había querido decirme tan fugaz mensajero. ¿Una ilusión?, pensé mientras me incorporaba. Pero en mi visión permanecía una mancha rosada con su silueta, manteniéndose ahí unos minutos antes de disiparse del todo.

Me acerqué a la ventana, algo temeroso pero con interés, y traté de seguir la imaginaria trayectoria del dedo del ángel. Al principio no vi nada salvo el mismo mar de tejados que ya antes había visto. Seguí buscando con la vista en aquel caótico paisaje y finalmente llamó mi atención un misterioso resplandor multicolor que provenía de alguna puerta o ventana abierta, en una calle cercana. Bajé de aquella torre, curioso, a ver de qué se trataba. Me ubiqué entre las calles y deduje pronto cual sería la dirección a tomar para llegar al enigmático lugar que desde las alturas yo había divisado. Comenzaba ahora a llover con suavidad.

Las gotas de lluvia mojaban mi ropa, mi pelo y mi cara, mientras yo avanzaba apresurado por las desiertas calles. Llegué, por fin, al lugar del que provenía aquel colorista resplandor. La luz venía de una casa, con la puerta entreabierta. Sin demasiado pudor decidí entrar para descubrir el origen de aquel fulgor de bienaventuranza. Y apenas habiéndome adentrado en aquella estancia te vi, pequeña mía, después de tanto tiempo. Eras tú, más bella que nunca, radiante, rebosante de energía. Tus alas estaban ahora fuertes. Me acerqué a ti y tú también te acercaste a mí. De ahí surgió un beso, una caricia, un abrazo y con una sonrisa nos despedimos.

Verte de nuevo volar, llena de vitalidad, me hizo ver que ahora nuestros caminos se separaban. Me embargaba ahora una mezcla agridulce de alegría y tristeza. Llovía ahora con mayor intensidad; sobre mí caían las gotas de la lluvia cubriéndome por completo, empapándome. Yo caminaba por las desiertas calles mientras el amanecer se abría paso entre la ya apaciguada tormenta.

[Cesar :]
Escribo las líneas de un libro
Que ya está terminado
Por quién querer vivir
Si no es la realidad

[Sophia :]
Abre los ojos
Pon fin a tu agonía
Abre los ojos
Y empieza tu nueva vida


(Dark Sanctuary - Abre los ojos)

martes, 24 de abril de 2007

Alas de papel (III)

Juntos caminábamos a través de las estaciones, viendo como las marrones hojas que ayer pisábamos luego formaban deliciosas composiciones florales. Pudimos sentir las caricias de la suave brisa estival cuando ésta levantaba nuestras ropas. Pudimos sentir también como el mar besaba nuestros pies en algún vasto arenal. Degustamos el tenue calor del crepúsculo, dulcemente acurrucados en un paraíso bañado en miel. Y así saboreábamos tu y yo el néctar de la pasión, dulce bálsamo para curar las heridas causadas por un mundo lleno de crueldad.

A un paisaje envejecido por la mugre llegó la sombra. Las farolas encendieron sus cobrizas lenguas de tungsteno al unísono, dando así la bienvenida a una nueva noche de plástico. Cómplices de la quietud de la noche, nos dábamos mil besos envueltos en satén y terciopelo. Solíamos encontrarnos en la tranquilidad de la noche, a la luz de las velas, en un lugar mágico y desconocido para los demás: nuestro santuario.

Pero una noche fui allí a buscarte y no estabas. Te esperé, pero no volviste. Me pregunté dónde estarías, a dónde habrías ido, pero no dí con la respuesta. Comencé a preocuparme. Muchas fueron entonces mis hipótesis acerca de tu paradero, endiabladas teorías, nada alentadoras, aciagas en su mayoría. Te imaginé en algún inhóspito lugar abandonada, vejada y violada por algún maldito demonio. Te dí incluso por muerta, ¡oh, pequeña mía! La incertidumbre era mi continuado tormento, día y noche, semana tras semana.

Oí tu voz, pero no eras tú; no me lo pareció. Tal vez sí, no lo sé. Mi desesperación distorsionaba mis sentidos hasta hacerme ver, sentir, lo que se me antojaba más atroz. Lloraba tu ausencia, maldecía tu suerte por suponerla infame. Iracundo, beligerante ya, golpeé muros y paredes, consiguiendo sólo hacer a mis puños sangrar, salpicando con sangre las páginas de mi diario. Sangre que se mezclaba con mis lágrimas en el papel, turbiando más aun la poco clara crónica que yo hacía, desde mi emponzoñada óptica, de mi desgraciada vivencia.

miércoles, 28 de febrero de 2007

Alas de papel (II)


Like a thief in the night
The wind blows so light
It wars with my tears
They won't dry for many years

(My Dying Bride - For my Fallen Angel)


Era una noche obscura, sin luna y sin estrellas. En un paraje deshabitado, baldío, inerte, allí estabas tú, en el suelo, de rodillas, con heridas. Te habías caído, y de tus ojos se desprendían dos ríos de lágrimas. Estabas triste y callada, llorando en silencio, sin que nadie pudiese oirte. Pero yo pasaba por allí y te escuché, pequeña mía.

En aquella noche obscura nada se podía ver. La penumbra disolvía todo aquello que se alejase de la vista más de unos pocos metros. Ni una sola luz, ni un sonido tampoco. Pero ese silencio sepulcral se había roto con tu llanto, dulcemente interrumpido por tus tímidos gemidos. Me guié por ellos para encontrar tu rostro, y cuando ya estaba muy cerca de ti apareció éste, iluminado por una luz misteriosa, pálida y fatua, que esbozaba con temor tus facciones entre la espesa sombra. Tus lágrimas brillaban, no obstante, en aquella obscura noche. Daban destellos mientras corrían por tus mejillas, apresuradas por encontrar tus labios, tu barbilla y luego precipitarse al suelo. Entraban en tu boca para mezclarse con tus gemidos: sabor agridulce de tu dolor.

Pronto reparé en tus quebradas alas y supuse que te habías caído intentando volar. Te tendí mi mano, tú la cogiste y comenzamos a caminar juntos por aquel lugar maldito en aquella noche de sosegada inquietud. El paisaje, típico del invierno, era poco acogedor. No obstante, su calma nos resultaba reconfortante, íntima, incluso protectora.

Comprendí allí, en aquel inhóspito lugar, en aquella tenebrosa noche, que la auténtica belleza emanaba de la más humilde condición del ser. Y cuanto más mórbida fuese la expresión de nuestros rostros, cuanto más en peligro estuviese nuestra integridad, allí, flanqueados por árboles de ramas desnudas en un camino olvidado por las gentes, mejor podíamos apreciar la hermosura de la vida. Más cuanto más débil ésta. Fue así como te encontré, pequeña, y lejos de tratarse de una cuestión de compasión, fue la humildad la que dejo nuestros sentimientos al desnudo. Surgió de ahí la fuerza que nos levantó del suelo y nos unió para caminar por aquel paraje deshabitado, en aquella noche obscura y sin estrellas.

miércoles, 21 de febrero de 2007

Alas de papel (I)

Tuve una vez una extraña visión. Era como un baile de disfraces, en un lujoso salón con magníficos tapices en sus altísimas paredes, iluminado con copiosidad por decenas de lámparas, de las cuales una de ellas, en el centro de la estancia, destacaba con majestuosidad debido a su gran tamaño. El suelo brillaba impoluto allá donde se formaba un hueco entre los asistentes a ese gran festín, hasta que ese pequeño reducto de baldosas blancas y negras era rápidamente cubierto por los giros de los danzantes. Éstos construían bellas formas geométricas con un sincronismo perfecto, asiendo en todo momento una máscara de porcelana que tapaba sus facciones.

Yo me hallaba en el medio de toda esa gente, inmóvil, casi conteniendo la respiración. De repente, el círculo de personas que a mi alrededor danzaba comenzó a estrecharse, aproximándose a mí toda esa gente envuelta en disfraz. La simetría existente se rompió de pronto y la coreografía se volvió por un instante anárquica, y todas las miradas que se hallaban atrincheradas en sus respectivas máscaras buscaron la mía, que se hallaba desnuda entre todas aquellas que me transmitían un sentimiento inquisitivo, rapaz, desdeñado. Finalmente aquel encierro se disolvió, volviendo a estructurarse el baile original.

La música murió lentamente y los bailarines corrieron hacia las salidas de aquel lujoso salón, quedándome yo solo en medio de aquel impoluto y brillante pavimento. Las puertas se cerraron y el silenció dominó la estancia. No sabiendo muy bien que hacer, me dirigí a la puerta principal y cuando la abrí nada había afuera; solamente el vacío. Aquel extraño carnaval había terminado.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Maldad

En estos días previos al inminente colapso de la humanidad observo atónito cómo la maldad de las personas le gana terreno al amor verdadero. Del suelo me levanto, dolido, y observo a los demás ángeles heridos en esta cruel batalla. Percibo el olor de su sangre derramada, la sangre de los justos. Recojo del suelo como puedo el poco honor que me queda y empiezo a correr en dirección ninguna parte.

Solía confiar en las personas; sé que nuestra naturaleza es ser bondadosos. Pero surge la avaricia, la sed de poder o simplemente la envidia: el ego se hace notar. Se forma ese deseo de avasallar, de imponerse a los demás. Las personas ya no son buenas, prefiriendo la hostilidad a la cooperación.

Ese fiero tornado que es el deseo de poder pronto se torna en catástrofe. Hermanos que pelean, amigos que traicionan, amantes que abandonan. Sin reparo se causa el daño, se ofende, se humilla, se destruye, se aniquila. Todo por un poco más de esa sensación de poder, todo por satisfacer ese deseo impuro que es estar por encima de los demás.

Todo vale: por la espalda, sigilosamente, cuando todos duermen. Se planea y se ejecuta, sin considerar daños colaterales, sin darle importancia a nada que no sea el beneficio personal, sin pararse a pensar en las víctimas. Sin respeto, sin honor. Tan solo hay que esperar al momento adecuado.

Pero ese oportunista corso no puede nunca vencer. Ese sabotaje, esa fechoría no quedará impune. Su beneficio no perdura; se desvanece, se marchita, porque su autor sirve a la mentira y a la traición. Se sumirá en la desgracia su artífice tratando de sostener lo insostenible, condenado a una infinita preocupación que terminará por arrastrarle a la peor de las ruinas.


Le debo una canción a lo oportuno,
A lo oportuno, mutilador de cuanta ala.
Le debo una canción de tono oscuro
que lo encadene a vagar su eterna madrugada.


Silvio Rodríguez - Testamento

viernes, 26 de enero de 2007

S.O.S.

(Dedicado a mi pequeña Tinkerbell, estés donde estés)

¡Qué tristeza tan grande! Pensar que tan cerca te tuve, y que ahora te has marchado. Mi alma llora porque no sé donde estás. ¡Oh, pequeña mía! Quién sabe si estarás bien, o si estarás sufriendo, sola, o si sigues viva...

El mundo ya no es lo que era. Las gentes no tienen ilusión, no creen en nada. No creen en las hadas, y por eso éstas perecen irremediablemente. En sus ajetreadas vidas no hay lugar para tan magníficas portadoras de la alegría; todos están muy ocupados adorando al nuevo becerro de oro.

Este nuevo mundo, insano, devastado por la codicia, es en verdad deprimente. En estos tiempos, el honor es un bien escaso y poco valorado. La gente trafica con él, lo vende, lo compra, lo vuelve a vender, lo deteriora, lo distorsiona, lo destruye. No hay tiempo para el amor, para vivir en armonía con el prójimo y con el entorno. Nada importa salvo el beneficio egoísta a corto plazo.

Ayuda solicito, pido, necesito. Ayuda para levantar el derruido templo donde reinaban la paz y el amor. Ayuda para reforestar el bosque donde las hadas habitaban antes de marchar, para que regresen algún día. Ayuda para unir de nuevo a la gente. Ayuda para encontrarte de nuevo, pequeña mía, y que nos traigas a todos la felicidad.

No remorse 'cause I still remember
The smile when you tore me apart

Within Temptation - Angels

domingo, 21 de enero de 2007

Quiero ...

Vagando de nuevo por áridos parajes bañados en eterna sombra, terrenos baldíos hogar de los misarables, me percato de lo que más anhelo en esta vida. La inerte sonrisa de mi mortecino rostro, mis gélidas manos, mi taciturno caminar son las pruebas irrefutables de esa horrible sensación de vacío que me embarga.

En mi interminable tránsito, veo paisajes que sólo combinan diferentes tonos de gris, cuadros de un pintor atormentado. Monotonía exacerbante, deprimente y sedante; todo al mismo tiempo. Me irrita, me entristece y hace que pierda las ganas de seguir luchando por aquello en lo que creo. Enorme es mi deseo de una escapatoria, de una salida de este mundo de locos, de este infierno invernal, de este invierno infernal. Pero parece que estoy caminando en círculos, que todo se repite una y otra vez.

Quiero sentir la dulzura de los labios de una mujer, acariciar sus pechos y apreciar su suave aroma, perderme entre sus cabellos y hacer chocar el horizonte de mis ojos con el de los suyos. Sólo así mi noche eterna se enciende de alegría y el frío del invierno deja paso al calor de la pasión. Quiero ver los colores, por fin, todos juntos, y empaparme de su vitalidad. Quiero respirar la fragancia de mil flores, quiero sentir el contacto de la hierba con mi piel, de la arena, del mar, del viento y del sol...

... pero no puedo.

No, I don't want to fall in love.
(This world is only gonna break your heart)
No, I don't want to fall in love.
(This world is only gonna break your heart)
With you. With you.
(This world is only gonna break your heart)

Chris Isaak - Wicked Game

domingo, 7 de enero de 2007

Tormenta

Las hadas han volado ya, se han ido para siempre de su bosque mágico. Allí ya no queda nada; ahora sólo es un yermo inerte de muerte y desolación. Era el último reducto de paz, el escondite predilecto.

Desolado estoy. El mundo se ha tornado para mí en un averno de infinitas dimensiones. Hasta el tiempo se me antoja eterno, al ver transcurrir los segundos como horas, al cansarme de esperar por la luz de un nuevo y efímero día de invierno, con sus escasas horas de luz. Luz escasa e insuficiente, calor que no llega; intento fútil de causar agrado, pero vencido por una nueva noche, larga y fría.

Un coro de mil voces emite sus desesperantes cánticos dentro de mi cabeza. Se lanzan contra mí, volando en picado, aturdiendo mis oídos con su vuelo rasante. No hacen más que repetir que estoy solo, solo en medio de la noche; desvalido, desprotegido, desamparado, sin esperanza. Desterrado de la tierra prometida, comienzo un nuevo eón de errantes caminares entre las sombras, de peregrinaje sin tierra santa, de vagar sin rumbo fijo. En mi huída perdí brújula y cartas de navegación, y guiarme por las estrellas no puedo en esta noche de tormenta.

¿A dónde se han ido las hadas? ¿A dónde se han llevado la alegría y la ilusión? Seguir su rastro no es posible, pues mis alas no pueden ahora volar. Es un destino que se me antoja inalcanzable. Yazco en el suelo, sobre un charco de mi propia sangre, perdido, desolado.

Dry your eyes and quietly bear this pain with pride
For heaven shall remember the silent and the brave
And promise me they will never see, the fear within our eyes
(my eyes are closed)
We will give strength to those who still remain

The Crüxshadows - Winterborn