Pensamientos de un Aventurero Cósmico.

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jueves, 5 de febrero de 2009

Luna

Luna, no estés triste. Escondida estás entre nube y nube, y no quieres salir por temor o por vergüenza. Mi querida Luna, no llores más. Tus hijas duermen plácidas esta noche; por eso no se escucha su dulce música que hipnotiza a los poetas. No llores por su silencio, querida Luna, pues ellas descansan hoy en esta noche sin estrellas.

Tu tristeza tiñe de azul los paisajes nocturnos, regalándoles una mórbida belleza que hiela de angustia a los corazones enamorados. Éstos se encogen, exhaustos, hartos de latir bajo un cielo de esperanzas vanas. Belleza, seductora y adictiva, que capta las miradas, condena las almas y aterra a los espíritus. Todo quedará cubierto, finalmente, por una mortaja blanca de escarcha al amanecer.

Por eso te pido, Luna hermosa, que sonrías ahora. No dejes que la noche —tu noche— muera melancólica. Embrújanos a todos, como siempre haces, con tu mirada de piedra, e indúcenos en un trance nuevo. Regálanos un sueño especial, diferente, en esta noche anodina y fría. En ese sueño volaremos por verdes praderas bajo un cielo con un millón de estrellas; volaremos hasta encontrar tierras desconocidas, misteriosas y remotas. Concédenos ese deseo, Luna. Sonríe, pues, y acúname mimosa para que mis ojos se cierren y venga a mí ese sueño mágico. Hazlo así y cuando me despierte te traeré, como regalo y como agradecimiento, la más pura gema de la Tierra.

No estés triste, Luna. Eligen descansar hoy tus hijas, agobiadas por la indolencia de las gentes. Démosles un respiro; otorguémosles su merecido descanso. Queda tranquila, Luna, pues mañana volverá a ser la noche mágica como siempre quisimos que fuera. Y ahí estarás tú, en lo alto del firmamento, para presenciar la gracia de tu mística influencia.

domingo, 18 de enero de 2009

La muerte de la Estrella Roja (V)

Hoy, caminando, llegué a una zona que tenía casi olvidada en mi mente, en mi corazón. Cien mil recuerdos asaltaron de golpe mi cabeza, cargados de pasión y de ternura. ¡Oh, maldita melancolía!

Hacía muchos años que no pasaba por aquella zona, ahora decadente y angustiosa. Me acordé de su pasado en gloria, con añoranza, decepcionado por saber que jamás aquel sitio volvería a ser como antes.

Paseaba por las calles que años atrás rebosaban vida, con bulliciosa actividad comercial de día y alegre fiesta nocturna. Nada quedaba ahora salvo un sinfín de bajos cerrados, polvorientos y con carteles de venta o alquiler. Así llevaban ya un tiempo. Llegué también hasta los arenales a los que yo solía ir para ver el mar y pasear por la arena. Llovía; no quise caminar más por allí. Encontré una cafetería abierta y entré, con la ropa mojada y algo de frío. Clientes había pocos, y los pocos que allí permanecían parecían ya parte del mobiliario del local. El sitio, viejo y gastado, me pareció aún así confortable y acogedor; perdido en medio de ninguna parte.

Allí dentro pensé en todos esos sitios que había recorrido y que recordaba como algo maravilloso: ahora ya no. Ese pensamiento me entristeció. A punto estuve de derrumbarme, de derramar más de una lágrima amarga sobre aquel café, también amargo, que inconscientemente removía con la cucharilla.

Se me ocurrió entonces que aquello podría cambiar, que esa zona maldita de la ciudad podía recobrar la vida, el esplendor que tuvo antaño. Seguramente su resurgir no tendría nada que ver con lo que era: nueva gente, nuevos negocios adaptados a los tiempos que corren, nuevas sensaciones. Pero eso me gusta. Me gustaría ver florecer de nuevo esa zona que trae tantos recuerdos agradables. Me imaginé, entonces, calles luminosas y llenas de color, transitadas por sonrisas sinceras y niños jugando. Casi percibí el dulce aroma de apetitosos manjares vendidos a pie de calle. Volé, me transporté mentalmente a aquel lugar del futuro, queriendo ya estar allí.

Abrí entonces los ojos y respiré hondo. Sonreí. Me terminé mi café. Tenía que ponerme en contacto con alguien.

sábado, 3 de enero de 2009

Sherezade

Cuéntame hoy, Sherezade mía, una historia nueva. Una historia que apacigüe mis anhelos, que calme mis ansias de volar, que aplaque mi voraz apetito de aventuras. Necesito que tu suave voz pronuncie con dulzura palabras mágicas que me transporten a lugares ignotos. Bendíceme con el bálsamo de tu imaginación prodigiosa, capaz éste de elevarme al cielo.

Aún resuenan en mi cabeza tus primeras historias, las que compartimos aún apenas acabándonos de conocer. Oh, sí, eran historias sobre tierras lejanas. Me hablabas de un mundo extraño y desconocido, poblado por singulares personas aladas y de negras vestiduras. Describías con refinado detalle los gélidos paisajes de aquella tierra de enigmas. Desde entonces, en más de una ocasión quise estar allí; lo deseé de veras, queriendo escapar de mil tormentos que amenazaban con enterrarme vivo en el suelo inerte de lo cotidiano. Quería escaparme contigo, Sherezade, empapado de amor, inflamado de pasión.

Cuéntame hoy una historia mágica como aquellas. Haz que mi corazón vuelva a latir con tanta fuerza que, por momentos, crea que se me sale del pecho.

Otras historias me contaste durante nuestras interminables noches a la luz de miles de velas. Derretíase la cera de éstas como también lo hacía mi piel cuando, en alguna ocasión, para darle más viveza a tus palabras, acercabas tu mano a mi cuerpo y me regalabas alguna caricia. Yo me imaginaba las curvas de tu cuerpo como dunas de algún desierto; así me lo contabas tú. De eso hablaban esas historias que tú me relatabas en aquellas noches intensísimas: una princesa del desierto, caballeros, bandidos, lujo, ostentación; también humildad y amor. Alguna que otra vez nos sorprendió el amanecer estando despiertos, cuando tú anunciabas el siempre inconcluso final de tus narraciones.

Tus historias eran terriblemente adictivas porque cada final desataba nuevas incógnitas. Despuntaban con cada desenlace siempre más de una continuación posible. Enmarañabas todas las historias como tú bien sabías hacer, introduciendo nuevos personajes en mi mente para que luego no dejase de pensar en ellos. Llegué a creer que algunos eran reales; en realidad sigo sin estar seguro de si son realidad o fantasía.

Las noches frías y obscuras eran a menudo escenarios idóneos sobre los que ubicar personajes y elementos de la trama. Alguna vez tuve la impresión de que éramos nosotros mismos aquellos personajes, amándose locamente en medio de la quietud de la noche. Mi corazón guardabas en un puño cuando a éste le servías toda la intriga de tus mágicos cuentos. Pero justo cuando este sufrido órgano mío recuperaba un ritmo cardiaco sosegado, volvías a ponerlo en tensión con un beso de indescriptible ternura.

Por eso quiero que me cuentes otra maravillosa historia, Sherezade mía, para sentir fortísimas emociones seducido por tus demenciales encantos. Pero esta vez seré yo quien determine el final del relato, aunque confieso ignorar por completo cómo acabará. Quiero que nos dejemos llevar, arrastrados por la impetuosa fuerza de la pasión promovida por una dulce y caótica insensatez, y así disfrutar contigo de placeres prohibidos.

Comienza ya tu historia, Sherezade.

lunes, 22 de diciembre de 2008

Vía Nocturna

Deep in the wood, in the dark, there's a way
Follow this path and you'll meet a strange crowd
(Therion — Via Nocturna)

Somos extrañas personas, aves nocturnas; que nos congregamos en insólitos lugares, envueltos por una atmósfera de clandestinidad. Ahí elucubramos nuestras ideas disidentes; por un mundo mejor, más auténtico y humano.

Creemos en el amor.

Nuestros rituales son amor. Son deseos puros y sinceros de amar a las personas. De amarnos entre nosotros. De amar a los que nos siguen, a los que nos hacen caso. De amar, incluso, a los que nos ignoran. De amar, sobre todo, a los que nos repudian, nos detestan y nos odian. Todos ellos sustentan nuestra sociedad secreta. Alimentan nuestro fuego con su aprobación o con su repulsa. Y nosotros les damos calor a todos ellos con nuestra llama enfurecida.

Alrededor de esta hoguera de pasión danzamos alegres, risueños, felices. Nos sentimos más vivos que nunca.

Nuestros rituales son extraños, inusuales. Citamos a dioses prohibidos. Les rendimos culto con ferviente devoción. Adoramos a nuestra divinidad interior.

Nosotros somos esos dioses.


sábado, 6 de diciembre de 2008

Désenchantée

Has escrito mil líneas en mi diario. Ahora esas líneas lloran por tu ausencia y gritan al sentirse abandonadas, sucias, mentirosas.
Será que nos hacemos viejos. Será que con el tiempo uno gana experiencia y los misterios de la vida dejan de serlo. Ya nada nos sorprende. Será que te veo venir y ya sé lo que quieres lo que me vas a decir y yo ya sé qué respuesta darte. Será que se ha muerto algo dentro de mí, algo que antaño me hacía vibrar de pasión. Ahora no. Ahora es como una roca; al menos pesa como tal dentro de mi pecho. Será que todo ha perdido su encanto, al menos para mí.

Creo que algo he hecho mal, que cometí un error. En su día fue una solución realmente eficaz para superar mis penas, para aliviar mis tormentos. Para superar el que te hubieras ido. Sí, funcionó. Alimenté a mi ego, haciéndolo crecer hasta que se convirtiese en una bestia despiadada y sanguinaria. Fue él quien luego me enseñó a odiarte, a menospreciarte. Tal vez era lo que te merecías, pero eso no importa ahora.

Sentía su furia en mi interior, quemándolo todo: quemándome. Aprendí demasiadas cosas de él. En realidad fue él quien se afanó en enseñarme toda esa basura, toda esa ideología del odio y del rencor. Dejé de sufrir. Dejé de sentir.

No tardé en darme cuenta de que mi ego me tenía dominado. Estaba perdido. Era él quien gobernaba todo mi ser, obligándome a desconfiar siempre, prohibiéndome tocar el suave terciopelo rojo que viste a la Pasión. Vendaba mis ojos cada vez que yo quería ver algún paisaje hermoso o contemplar fascinado el atardecer. Sellaba mis oídos para que ninguna canción pudiese emocionarme. Congestionaba mi olfato para que jamás me deleitase con el perfume de una flor. Me tenía a su merced.

No sabía ya cómo liberarme de ese presidio. Siempre que intentaba algo, a escondidas, actuando por sorpresa y dejándome llevar; no tardaba en venir raudo a recriminarme mi falta de sensatez. Todo lo tasaba así: por su sensatez, por su cordura. Era esa su unidad de medida para todo. Y yo quería, inconscientemente, hacer locuras. Locuras como las que hice antaño, cuando era libre. Locuras como las que algún día haré, alegre y satisfecho.

Sin embargo, algo he descubierto hace poco: he dado con su debilidad. Sí, ese ser tan rígido e implacable que me domina tiene un interesante punto débil. El otro día le conté un chiste y no sólo no se rió; sentí cómo se enojaba, como se retorcía de dolor, como vomitaba sangre. Le hago víctima de mis bromas y veo como se debilita, aunque a mí también me duele. Pero algo es algo.

Reconfortado por mi hallazgo inspiro profundamente y noto el olor de las rosas. Su delicioso aroma evoca mil recuerdos apasionados. Puertas llenas de misterio se abren, cantos de sirena me seducen; voy hacia lo desconocido, otra vez.

lunes, 17 de noviembre de 2008

En movimiento

Arrástrame a un mundo de pasiones prohibidas. Envuélveme en un romance secreto y furtivo.
Es esa sensación de movimiento. El placer que provoca moverse hacia los lugares en los que queremos estar, donde creemos que se halla la acción. Vamos devorando kilómetros con nuestros rugientes motores por carreteras bañadas en miel al atardecer, con el bucólico y encantador paisaje costero de fondo, allá a lo lejos. Un sol de oro puro juguetea burlón saltando por los espejos retrovisores y disparándonos brillantes destellos de luz dorada; tras cada curva aparece o deja de brillar. Es algo idílico.

Hemos elegido estar en constante movimiento, sin llegar a establecernos definitivamente en ningún lugar. Nómadas de nuestros tiempos. Es difícil explicarlo, imposible de justificar. Todo esto forma parte de nuestro misterio, de nuestra causa sagrada. No puede entenderse, sólo sentirse.

Habrá siempre alguien que diga que nuestro incesante tránsito es una maniobra de huida perpetua, una escapatoria de la sociedad y de la responsabilidad. Nada más lejos de la realidad. No somos fugitivos. No renegamos de nada. Ni siquiera tenemos ese motivo por el que tener que huir para siempre y de todo lugar. ¡Eso es absurdo!

No, nuestra existencia tiene una razón de ser muy bien definida y clara. Lo hacemos porque queremos, porque así entendemos la vida y porque ésta es, en realidad, continuo cambio y adaptación. Nosotros nos adaptamos, nos movemos con ese cambio. Preservamos lo que es preservable y nos despedimos definitivamente de lo caduco, de lo que no puede seguir coexistiendo con nosotros.

Y, paradójicamente, así alcanzamos la mayor estabilidad y consolidación de las cosas que verdaderamente importan. Una amistad verdadera lo es para siempre, porque desde un principio aceptamos la naturaleza cambiante de las personas implicadas. Cambian las personas y cambian también sus necesidades. Se mantiene el vínculo porque éste se basa en el respeto y en la aceptación, nunca en imponer o restringir. Un romance nace como una de esas fluctuaciones y deviene ocasionalmente en algo más serio, cuando el respeto y el entendimiento mútuo alcanzan la madurez necesaria. En cualquier caso, vivir la vida con la intensidad que se merece es un precepto común, de obligada aceptación y cumplimiento por parte de todos nosotros.

La vida es cambio, movimiento. Nosotros entendemos el movimiento como algo natural y necesario. Por eso estamos siempre moviéndonos. Carreteras que serpentean entre la oscuridad de la noche, descubiertas por la luz de nuestros faros. Sosegada travesía a través de yermos baldíos, inertes, indiferentes. Se recorren sin prisa, en ausencia del corrosivo anhelo de querer llegar a una meta. Disfrutamos del trayecto. Descansamos cuando es el momento de descansar, cuando la vida exige una parada en el camino. Contemplamos el rosado amanecer en el horizonte, moviéndonos entre llorosos paisajes de un verde apagado. Reponemos fuerzas con suculentos pero frugales manjares, saciando nuestro apetito, pero también disfrutando de su sabor intenso. Es esa sensación de movimiento: difícil de explicar, imposible de justificar; sólo puede ser vivida, disfrutada con alegría, apasionadamente.

martes, 11 de noviembre de 2008

Krieger

Krieger wie wir
Besiegen die Welt und verlier'n
(And One ― Krieger)

—¡Guerra!—, exclamaron generales de todas las naciones. Efectivamente, había estallado la guerra, el conflicto bélico inminente e inevitable eclosionaba por fin. No podía ser de otra forma; no en este mundo, no en esta vida. Guerreros somos, guerreros nacemos. Somos luchadores natos, es nuestra razón de ser. La vida es guerra y es la guerra lo que le da sentido a la vida. La lucha, la contienda.

Por ello es preciso cultivarse en el hermoso y noble arte de la guerra. ¡Siempre en guardia! Es nuestro deber y nuestra misión desarrollar una actitud marcial, para estar siempre atentos a cualquier ofensa y a cualquier oportunidad de ataque. Atención permanente; siempre ha de haber un par de ojos abiertos, un centinela que vele por nuestra seguridad.

¿Y por qué se lucha? Por la vida, por la propia existencia, tratando de que ésta se perpetúe por los siglos de los siglos. La guerra se origina como desafío de la vida a la propia vida y por la propia vida. Desde que se nace uno lucha contra las amenazas a su frágil vida, recién expuesta a un mundo frío, cruel y amenazante. Crece el individuo envuelto en disputas diversas, queriendo hacerse camino entre la gente que trata de aplastarle, luchando por su trocito de cielo. El reconocimiento personal se conquista. La subsistencia es una lucha constante. La procreación es también un severo conflicto bélico: la historia la escriben los vencedores y la historia evolutiva no está exenta de dicha suerte. Por ende, guerreros somos y nuestra batalla es nuestra propia vida.

Pero ríos de sangre corrieron veloces por la tierra, trazando sus angustiosos meandros entre montañas de cadáveres. La lucha de los guerreros, injustamente comandada por sanguinarios generales, devino en holocausto. La muerte de muchos por la ambición desmesurada de unos pocos. Todo por transformar el conflicto natural en una cuestión personal de adquisición de poder. Delirios de grandeza; liderazgo sin amor al liderado, sin respeto, sin devoción, sin consideración, sin gratitud.

Nuestra condición de luchadores natos, de guerreros fieles a nuestra causa, no pretende dirigirnos hacia nuestra propia aniquilación. No es su fin el de enfrentarnos. No quiere tan siquiera compararnos, decidiendo quién es mejor. Somos diferentes y luchamos por mantener nuestra diversidad, por tejer un tapiz histórico variado y colorista. Nuestra lucha es constructiva, no destructiva. Es hora ya de destituir a los viejos generales de la guerra cruda y mortífera para coronar a los príncipes de la nueva causa, unificada y diversa. ¡Que éstos elijan a los nuevos generales de la paz y de la concordia!

Seguiremos cultivándonos en el hermoso y noble arte de la guerra, por supuesto. Lo haremos mejor que nunca, para evitar el derramamiento de sangre innecesario e injustificado. Con suma elegancia y perfecto sincronismo se resuelve la contienda, sin ambigüedades ni malentendidos acerca del vencedor: ambos, en realidad. Toda agresión se purifica y renace convertida en algo bello, constructivo.

Y, sí, conquistaremos el mundo. Lo llenaremos de cosas bellas, resultantes de la transformación purificadora: nuestra lucha. Los ríos de sangre se secarán y las montañas de cadáveres desaparecerán, dando lugar a un nuevo paisaje de esperanzadoras vistas. Dominaremos a quien quiere dominar para su lucro egoísta, haciéndole ver que su perniciosa ambición carece totalmente de sentido. Así lucharemos. Y tras nuestra conquista maravillosa volveremos por fin al mundo que nos ha dado la vida para ser parte de él, en armonía, sintiendo con él, siendo él.

miércoles, 5 de noviembre de 2008

Noche de difuntos

Looking for a higher ground
Searching for this something missed before
From a higher ground
Will I fall in a right direction?
(Lacuna Coil - Closer)
31 de octubre, medianoche. La calle estaba desierta aquella noche. Hacía un frío terrible y el viento susurraba amenazante a través de calles y edificios. La luz de las farolas destruía el colorista paisaje urbano del día para sustituirlo por una postal dibujada en una gama monocroma de tonos cobrizos. Y yo en medio; en medio de nadie, en medio de la nada. Caminando solo en un desierto de ciudad; sin rumbo fijo, sin un lugar al que acudir.

Me limitaba a escapar. A escapar de todos los sitios en los que había estado, a escapar de mi anterior vida, de mi pasado. No sabía muy bien por qué lo hacía, pero esa era la mejor forma que conocía de mitigar el dolor, la angustia. A veces me mortificaba revisitando los recuerdos de una época pasada, agridulce, de luces y sombras. Sombras que me atormentaban, luces que afirmaban que había valido la pena todo lo vivido. Pero ahora era el momento de acabar con todo aquel sufrimiento.

Las horas de la noche avanzaban lentamente. Yo recorría la ciudad, de soportal en soportal, puerta a puerta, calle a calle, esquina a esquina, buscando por momentos cobijo del terrible frío de aquella noche. Encontré un lugar apacible, cubierto aunque ruinoso, en el que resguardarme de las inclemencias del tiempo. Era un lugar inhóspito, ¡pero era con creces lo más confortable que podría haber hallado aquella noche! Perdido en un laberinto de calles ajenas, desconocidas, era sin duda el mejor sitio. Allí me senté, en el suelo, esperando al amanecer. Y en la hora que lo precede —la más fría y oscura de la noche—, allí morí...

...para volver a nacer.

El sol emergió de entre las montañas del Este, dándome la bienvenida con sus primeros rayos. Sentí de nuevo como la sangre corría por mis venas, apresurada por vivir de nuevo, con intensidad. Me levanté del suelo y salí de aquel ruinoso lugar. Y caminé otra vez, toda la mañana; ahora sí tenía un destino claro: iba al encuentro de otras personas, personas maravillosas. No las conocía, pero las reconocería al instante por el brillo de su mirada, igual al de la mía en ese momento. Esbocé una sonrisa mientras caminaba con paso firme y decidido.

Y dejé atrás todo mi equipaje de preocupaciones, de recuerdos llenos de tristeza. Dejé atrás con ellos —supongo— a muchas personas queridas y conocidas. Lo siento, no puedo esperar. Que me sigan, si pueden, si quieren.

El sol brillaba en lo alto ahora, llenándome de energía con su calor dorado. Los colores de las cosas eran ahora vívidos y las calles se mostraban repletas de gente. Yo caminaba entre ellos, sin detenerme, sonriente. Mi corazón latía con fuerza.

martes, 21 de octubre de 2008

Sin identidad

Personas sin identidad, iguales todas; de espíritus vacíos e ilusiones muertas. No hacen más que vagar de un lado para otro, caminando en círculos y ensuciando todo lo que a su paso dejan atrás. Como babosas trazan lentamente un pegajoso rastro de inmundicia capaz de pudrir la vida y la esperanza de la tierra que pisan.

Huyen de sus orígenes, creyendo que allá donde van encontrarán la tierra prometida. ¡Mentira! Viven engañados, seducidos por el reluciente becerro de oro que alguien puso delante de sus vidriosas miradas.

Reniegan de su familia, de su aldea natal, de sus amigos y de sus amantes. Reniegan de todo aquello que alguien les dijo que debían rechazar por considerarlo burdo y vulgar, bruto, bárbaro. ¡Idiotas! Fe ciega hacia un demonio vestido de seda: ese es vuestro maldito pecado, vuestra maldita enfermedad.

¿Acaso no os han otorgado la vida aquellos a quienes ahora les dais la espalda? ¿No son ellos vuestros creadores, vuestros mentores, vuestros protectores, vuestros ángeles guardianes? Sin embargo de ellos escapáis y avanzáis inmutables, atontados, hacia una fachada de cartón piedra que pronto arderá. Y vosotros arderéis con ella.

Pero no hay porque compadecerse de estos zombies sin aliento, sin voz propia. Ellos avanzan contentos hacia su propia tortura, alentados por el autoengaño. Prosperidad, dijeron unos; futuro, otros anunciaron. Y escupieron en la mano de quien les entregó su amor, tachándolo de insensato e irresponsable. Así quemasteis en la hoguera a todos los románticos, acusándolos de una falta total de pragmatismo; así condenasteis a todos los bohemios, imputándoles cargos de terrorismo por cada verso, por cada poema, por cada canción. Vuestra caza de brujas justificasteis con la escala de valores que os han impuesto. Alienación.

Yo no me compadezco de vosotros. Tampoco os voy a odiar. Al contrario, celebro vuestra existencia; ridícula, por cierto. Doy gracias por vuestro convencimiento, por vuestra entrega a la causa ajena: ¡mi causa! Yo os manejo, yo os ordeno, yo os engaño; os hago reír, os hago llorar.

Y pasaréis delante mía con flamantes coches, vestiréis ropas de marca a la moda y veranearéis en lujosas propiedades en la costa. Me veréis con desprecio, por encima del hombro, sin sospechar que es a mí, en realidad, a quien correspondería ese absurdo capricho. Os compararéis entre vosotros para ver quién tiene más posesiones, quién es más rico. ¡Oh! ¡Vaya un pasatiempo estúpido! ¡Si ni siquiera tenéis identidad!

Y aquel a quien escupisteis en la mano cuando os la tendió para abrazaros, aquel a quien insultasteis, aquel a quien considerasteis inferior: ese será vuestro príncipe. Él tiene nombre propio, y una historia que contar. No ha sucumbido a los encantos de vuestro mundo de plástico. No ha dejado que vuestras normas amilanasen su espíritu. Camina firme, marcial, sabio y decidido a hacer lo que quiere hacer. Sabe qué es lo correcto; por eso reinará, siendo vosotros sus lacayos.

Y cada persona que le mire a los ojos sonriendo, demostrando con su mirada su pureza de espíritu, reinará con él. Compartirán su gobierno todos aquellos que han sabido elegir por ellos mismos qué hacer ante la adversidad.

miércoles, 13 de agosto de 2008

Dead Letters (III)

El origen del siguiente documento es de difícil explicación. Se trata de unas páginas del diario de una joven. Su autora y protagonista me las ha remitido con el propósito de que yo aquí las publique; supongo que por el interés de dejar constancia de algunos pensamientos suyos en una etapa trascendental de su vida. Ignoro si la autora ha censurado alguna parte del texto o algún dato que pudiera en éste verse reflejado, así como también ignoro por completo los antecedentes a esta historia. Respetaré, en todo caso, el deseado anonimato de la autora; trato que, en este peculiar caso, considero justo y de recibo.

Sin más preámbulos, el citado texto:

Martes, 27 de marzo de 2007.

Por fin, en este día memorable, me fui del mismo lugar de siempre. Dejé muchas cosas atrás: muchas cosas buenas, pero también muchos tormentos. Espero que mis amigos me perdonen; trataré de mantener el contacto con ellos.

Hoy por la mañana subí al tren que me llevaría a ... algún lugar, ¡qué importaba eso! Me hubiese valido un billete a cualquier lugar. Sólo quería escapar de lo que me estaba oprimiendo y cualquier destino era igual de bueno.

Cuando el tren se puso en marcha, contemplé por la ventana con cierto alivio cómo se alejaba ese paisaje que durante tanto tiempo había sido el carcelero de mis deseos. Así me sentía yo: encarcelada, presa de una vida rutinaria y vacía. Comencé a recordar algo que, por su tristeza, hizo que no pudiese contener las lágrimas que salieron de mis ojos y recorrieron velozmente mis mejillas. ¡Menos mal que nadie se dio cuenta en aquel vagón lleno de gente!

Lo que vino a mi mente fue aquella noche en la que yo estaba sola en mi habitación —el único espacio en este mundo capaz de darme algo de paz e intimidad: mi refugio, mi santuario—. Ese pequeño oasis que era mi cuarto, en medio de un mundo de constante hostilidad, me servía para reflexionar y para dedicarme un poco de tiempo a mí misma. Todo el tiempo me veía acosada por las exigencias de todos los que quieren gobernar mi vida. ¿Acaso no puedo ser yo en la vida lo que realmente quiero ser? ¿Por qué tengo que ser transigente hasta el punto de aceptar y conformarme con una vida de préstamo y subordinación vitalicia?

Aquel día había discutido con mi madre. Sé que mi madre desea una vida de bien para mí, y no la culpo por eso. ¡Pero es que ella no entiende mis anhelos! Yo quiero vivir la vida por mi cuenta, sin rendirle cuentas a nadie; me niego a decir a todo que sí por el mero hecho de que alguien me mantenga. Por eso me voy: para no rendirle cuentas a nadie. No quiero sentirme atada, no quiero ser esclava de nadie. Quiero vivir libremente y estar con gente a la que pueda tratar con confianza, de tú a tú; no como una esclava a su amo.

Por eso hoy presiento que mi vida va a cambiar radicalmente. Aquí, en una estación de ferrocarril alejada ya de mi lugar de origen, escribo estas líneas mientras aguardo por la llegada del próximo tren. Trato de poner en orden mis alborotadas ideas, trato de pensar qué destinos serán los próximos. Mi corazón late con fuerza.

Quizá algún día regrese a mi casa, al lugar al que sin duda pertenezco. Pero ahora deseo con arrebatadora pasión ver nuevos lugares y definir mi vida como realmente quiero que ésta sea. Sé que voy con lo puesto, a prueba y error, pero no tengo miedo. Sé que me toca lidiar con la incertidumbre y enfrentarme a muchas dificultades, pero lo prefiero a conformarme con una vida rutinaria que gira alrededor de una persona a la que todo el mundo supone más importante y decisiva.

La soledad me asusta, porque no me gustaría quedarme sola. Pero, ¿qué diferencia hay entre vivir sola y vivir incomprendida al lado de gente que no te escucha? Me arriesgo a quedarme sola, pero yo deposito mis esperanzas en encontrar a la persona o a las personas que, al igual que yo, crean en el respeto y en la necesidad de cada persona de decidir por sí misma.

Ahora, llena de ilusiones, me voy a un nuevo lugar: mi tren sale en breve. Dejo, de momento, la crónica de esta apasionante aventura que acabo de comenzar. Continuaré otro día, desde otro lugar. ¡Hasta entonces!

miércoles, 30 de julio de 2008

Lo que se me ha negado

Se me ha negado el amor. Mi amor era puro y sincero, dirigido a lo que yo más quería en este mundo; y ese amor venía a mí con igual pureza y sinceridad. Mutuo afecto, mutua complicidad. Era una sensación mágica, con la cual yo me sentía flotar envuelto en besos y caricias. Pero ese amor se me ha negado.

Mi amor no entendía de propiedades. No había pertenencias ni exclusividades; sólo respeto, sólo amor. Pero se ha construido una cerca a su alrededor, impidiéndole ver más allá de la parcela en la que ha sido confinado. ¡Triste destino para un amor, vuelto ciego por imposición! Se le ha asignado un dueño; un señor al que rendir pleitesía, un amo al que servir como esclavo.

Mi amor no era amor de esclavos; era amor de reyes. Soberano, ejercía su mágico influjo sobre sus receptores, llenándolos de alegría y felicidad, haciendo que se sientan queridos. Y ahora mi amor llora enjaulado, lastimado por los rudos grilletes que impiden su expresión.

Los amores se disfrazan de compromiso, se visten de boda y se juran fidelidad. ¡Pura pantomima! El matrimonio es tan sólo un pretexto para retener lo que, por su naturaleza, ha de fluir libremente; ¿no es acaso ese maldito sacramento una vil excusa para restringir, en un pacto de exclusividad, la actividad amorosa y sexual? Las relaciones de pareja son cárceles para los amores libres, que se bastan con el respeto mutuo para funcionar bien. Pero todo se lleva al extremo más radical, y se prohibe todo contacto que viole el pacto de exclusividad. ¿A qué viene tanto interés en bloquear, en entorpecer?

El poder radica en instituciones como el matrimonio. La prohibición de toda relación sexual extramatrimonial —algo que se ha disfrazado con el elegante término «fidelidad»— ha sido impuesta con el único objeto de asegurar que todos los hijos desciendan del mismo padre, el mismo que les ha de legar en herencia todas sus posesiones. De nuevo las posesiones; ahí aparece el poder. Que nada quede para los hijos bastardos, irreverentes con el patrimonio, deshonra para su progenitor.

La sociedad: bendición y plaga del ser humano. La sociedad es también culpable de la encarcelación del amor libre. Las sociedades se han erguido con el esfuerzo racional y decidido de los hombres; no hay cabida para las emociones ni para el amor. Mientras tanto, los directores de banco tienen ya potestad para oficiar bodas: lo que la hipoteca ha unido, que no lo separe el hombre. ¡Que a nadie se le ocurra perturbar el orden de la sociedad, bajo pena de marginación y repudio!

Por todo eso yo me niego a ser parte de ese terrible juego de falsos amores, intereses ocultos y emociones fingidas. En respuesta, se me ha negado el amor.

miércoles, 25 de junio de 2008

La muerte de la Estrella Roja (III)

(NOTA: Todas las fechas son ficticias.)

La verdad acerca de la corrupción que precede a una revolución impura y sanguinaria no siempre sale a la luz, sepultada por toneladas de rencor y cadáveres. Son, además, los vencedores de las batallas los que acaban escribiendo la historia a su manera y antojo, de modo que rara vez se expone con imparcialidad el porqué de un levantamiento.

Sin embargo, yo contaré aquí la historia del Zurdistán desde un punto de vista diferente, analizando las causas, mencionando también las malas artes de las que el invasor se ha servido para lograr su injusta victoria. Procedo, pues, con la exposición.

Debo decir, en primer lugar, que las masas son altamente sugestionables, aún cuando éstas disponen de un nivel de alfabetización adecuado y una cultura extensa y arraigada. Es siempre posible hacer mella en el espíritu de una nación; mutilar y humillar su idiosincrasia, demonizándola, ridiculizándola. Es posible lograrlo si se hace una adecuada suma de ataques mediáticos y culturales, imposiciones políticas y económicas y —si es necesario— actuaciones por la fuerza.

Zurdistán era una región próspera, con identidad propia. Sus gentes gozaban de un estatus envidiable, tal vez demasiado envidiable para los foráneos, todo hay que decirlo. Era evidente que se trataba de un suculento trozo de pastel para los avariciosos reyes y tiranos de regiones colindantes. Nada les importó a éstos intentar subyugar a las buenas gentes del Zurdistán. Muchos lo intentaron, y con proverbial coraje se luchó para impedir cada invasión. Muchas incursiones se han detenido con éxito, pero no sin el correspondiente e inevitable derrame de sangre. Se luchó siempre para defender los ideales más puros, los necesarios, los que dicen que bajo ningún concepto se debe claudicar y ceder a la dominación, a la colonización. Así se libraron muchas batallas, pequeñas todas, infructuosas para el invasor; pero una hubo que resultó ser definitiva y que, por desgracia, se resolvió en victoria para el ofensor y no para el ofendido. Es esta última batalla la que interesa analizar.

No fue una guerra sangrienta para nada; más bien hubo escasos enfrentamientos. Casi toda la acción ofensora se libró desde el plano ideológico y desde la distancia. Un proceso lento, pero efectivo.

Todo comenzó en el otoño de 1987, un soleado 26 de septiembre. Llegaron a Levogrado unos emisarios en nombre de un rey de un país lejano (cuyo nombre prefiero omitir). Los diplomáticos se deshacían en halagos hacia las gentes que allí conocían, ofreciendo tantísimos regalos que fácilmente caían en simpatía. No obstante, al mismo tiempo que su augusta ofrenda se sucedía sin aparente decadencia, obraban también falsamente y a escondidas entre los habitantes del Zurdistán. Difundían falsos rumores, descalificaban y calumniaban a sus soberanos, ocasionaban algún pequeño tumulto entre las gentes; sembraban así la semilla de la discordia.

Las alarmas saltaron en las cortes del Zurdistán y las relaciones con ese infame reino se cerraron al instante. No obstante, ya comenzaban a producirse algunos levantamientos en contra de los mandatarios. Levogrado se fue transformando en una ciudad cada vez más insegura en la que tenían lugar tumultos cada vez con mayor frecuencia.

Comenzaron entonces los ataques, ya a finales del año 1989. El avaricioso rey de ese maldito reino causante de la invasión ordenaba pequeños asaltos para hacer crecer el descontento y la crispación entre las gentes del Zurdistán. Eso sin duda era molesto, pero lo realmente efectivo para su causa fue la maniobra de imposición cultural y económica que desde el principio se puso en práctica y que justo antes del ataque final se endureció sobremanera.

Finalmente, y como ya es conocido, Levogrado cayó el 1 de enero de 1990. La invasión fue paulatinamente avanzando hasta hacerse con el control de todo el Zurdistán.

domingo, 15 de junio de 2008

La muerte de la Estrella Roja (II)

¿De qué sirven himnos y banderas cuando los espíritus de las gentes están podridos de avaricia, roídos por el odio, mutilados por la desconfianza? Engaños son: intereses ocultos disfrazados de sentimentalismo patriótico. Lo he visto, lo he sentido en algunas personas, en esos pocos que orgullosos se jactan de pertenecer a un colectivo privilegiado. ¿Y qué privilegio es ese que hace nadar sus escasos bienes en un mar de ceniza y ruinas?

Y, no obstante, se vitorean los lemas de las naciones, como rezos inconscientes, como mantras desprovistos de cualquier significado. Se glorifica a los héroes dudosos, se idolatra a chabacanas figuras, se invierte el valor del arte y de la cultura. Se escupe en los libros y el lenguaje es sometido a horrendas vejaciones. Se reduce el criterio de la gente a lo absurdo, se aliena, se uniformiza. He aquí la brutal paliza que un progreso injusto le propina a la humanidad misma.

Por eso lloran las hadas del Zurdistán, temiendo por su propia existencia. Donde su santuario se ubicaba han construido una tienda de ropa (de ropa horrible, feísima, toda igual). Bosques llenos de magia son ahora jardines artificiales, sin encanto alguno, transitados por nauseabundas marionetas y payasos vestidos de gris. Su único reducto de paz es la noche obscura, pacífica, silenciosa, tranquilizante; el único momento del día que escapa a absurdas reglas y patrones establecidos.

Es por ello que he hecho de la noche mi momento predilecto, porque su paz reveladora me lleva al encuentro de mis amadas criaturas aladas. Me he hecho amigo de ellas; las adoro y con ellas me divierto. Mis hadas de la noche, mis perfectas confidentes. Voy cada noche a junto de ellas, a celebrar mil fiestas, a vivir maravillosos momentos. No hay ley que se aplique a nuestro delirio noctámbulo, por hallarse éste fuera de toda jurisdicción de cualquier convencionalismo. Somos libres en la clandestinidad, en la franqueza de la noche. Nuestras andanzas comienzan con cada atardecer y se culminan en el alba. Así hemos decidido vivir: repudiando la mediocridad, rechazando esa claridad difusa que se pierde en medio de la niebla de la ignorancia.

lunes, 2 de junio de 2008

Dead Letters (II)

Ha llegado a mí la siguiente carta. A fin de servir a los intereses de su apasionado autor, publico aquí su contenido.
3 de Marzo de 2008. Desde algún lugar del destierro.

Bienqueridos amigos:

He aquí mi carta abierta de despedida, dirigida con todo el cariño hacia todos vosotros. Estoy infinitamente agradecido por todo el apoyo que durante todo este tiempo me habéis brindado; dándome cobijo, ánimos y esperanza. Es por eso por lo que me sabría mal marcharme sin despedirme adecuadamente y honraros por todo lo que me habéis dado. Muchísimas gracias.

Y efectivamente, ha llegado el momento de partir. Después de tantos años de exilio, de haber visitado tantos lugares diferentes y nuevos para mí, de aventurarme por el mundo en adelante; ahora siento la necesidad de volver a mi tierra, volver al Zurdistán. Durante todos estos años de destierro por mor de la guerra y de la ocupación me he visto obligado a alejarme de mi querida tierra en busca de una vida que allí se me habría prohibido vivir. Mas ahora es viable regresar allí, ahora que ese ridículo régimen opresor da sus últimos coletazos, ahora que su decrépito caudillo huele ya el hedor de su propia muerte. Es el momento de volver allí cargado de nuevas ideas y frescas iniciativas. Quiero ver renacer a mi lugar de origen, ese lugar al que le tengo tanto amor como el que le tiene una madre a su hijo. ¡Y todos vosotros estáis invitados a venir cuando queráis!

No puedo negar que mientras escribo estas líneas me invade una intensa sensación de melancolía. No puedo dejar de recordar la gran cantidad de maravillosos momentos vividos durante este viaje. Han sido muchas las penurias, cierto es. Muchas las dificultades. Demasiado sufrimiento para mi corazón forzosamente desarraigado. Pero he sobrevivido a todo eso y ahora puedo asegurar que ha merecido la pena. Me voy cargado de optimismo y esperanza, para emprender una nueva etapa de mi vida, para ayudar a crear un nuevo mundo lleno de amor y de justicia. ¡Bienvenidos sois para contribuir a la causa!

De mis vivencias me llevo lo aprendido, para enseñárselo a los que vengan. De mis viajes recupero el legado de mil culturas, para fusionarlo todo en una nueva, más universal y cosmopolita. De las gentes conocidas he de confeccionar una escolma de sentimientos y recuerdos, un poemario de fantásticas aventuras en convivencia. Incluso de mis momentos de recogimiento rescato valiosas reflexiones, sabiduría fruto de mis cavilaciones. En verdad no vuelvo a mi tierra con las manos vacías.

No prolongaré más esta misiva, pues ya todo está dicho. Vendrán ahora muchas cosas nuevas que decir, así como las vaya viviendo; os prometo que os mantendré informados. Sin más me despido ya, porque ahora comienza mi camino de regreso, mi retorno a mis orígenes, mi reencuentro con la inocencia. Es una nueva etapa de mi vida, para crear y difundir mi saber, para hacerlo imperecedero; legándoselo a quienes después vengan, aquellos a los que yo querré como hijos. Éste es ahora mi gran deseo y mi empresa. ¡Deseadme suerte!

Un cálido abrazo para todos vosotros.

viernes, 23 de mayo de 2008

La muerte de la Estrella Roja (I)

Fue en una fría mañana de invierno, que ya nunca olvidaré.

Caían con dulzura los copos de nieve, depositándose en el marco de mi ventana. Desde mi habitación podía contemplar cómo la calle estaba cubierta por un manto de un blanco apagado. Los edificios de aquella gloriosa Levogrado yacían inertes bajo un cielo gris oscuro y mortecino. Estaba amaneciendo; un gris amanecer también.

Pálidos y oscuros eran los colores de aquella triste estampa, o al menos así la recuerdo yo. Y no puedo evitar entristecerme cada vez que estos dramáticos pensamientos invaden mi mente, cada vez que los recuerdos asaltan mi serenidad y me hacen, de nuevo, presa de la desesperación. Por fortuna, todo aquello pasó.

Nada me haría sospechar que esa mañana, aparentemente común y anodina, iban a producirse los cambios que tuvieron lugar aquel día. Fue el comienzo de la guerra. Triste espectáculo.

Zurdistán era tierra próspera, llena de gente maravillosa y amable, afanada en sus labores con entusiasmo y devoción; un lugar idílico. Pero todo aquel esplendor murió. ¡Aún me pregunto cómo pudo ser posible! Toda la magia, todo el amor, toda la alegría de esa bendita tierra se desvaneció de la noche a la mañana. Altas traiciones, golpes bajos. La corrupción de unos pocos que, como fruta podrida que echa a perder la cesta entera, hizo mella en tan generosa sociedad sembrando en sus entrañas el odio y la desconfianza. Disturbios, ataques, desorden, destrucción. Y todo murió.

jueves, 22 de mayo de 2008

Dead Letters (I)

Caminando entre las ruinas de la vieja Levogrado, concretamente por las proximidades de la antigua oficina central de correos, encontré tirada en el suelo una carta. El sobre estaba algo roto, quedando a la vista una esquina del papel contenido en su interior y unas «manchas rojas» que luego, habiéndome fijado mejor, resultaron ser pétalos de rosa roja. Aunque reconozco que no es correcto leer correspondencia ajena, he considerado pertinente acceder al contenido de dicha misiva para posteriormente aquí transcribirlo. Busco mi justificación en lo excepcional del fortuito hallazgo y en el posible valor documental e histórico que este peculiar objeto encontrado pueda aportar. Tenga a bien el lector considerar mi osadía como bondadosa y ruego a quienes quieran que sean remitente y destinatario que me perdonen por mi indiscreción.
Queridísima mía:

Hoy te escribo inflamado de pasión porque sé que pronto te veré. ¡No te imaginas cuan largos se me han hecho los días, los meses, durante tu ausencia! Pero mi espera no ha sido en vano; sé que en pocas semanas estarás aquí, de nuevo en Levogrado, conmigo. ¡Solo de pensarlo se me saltan las lágrimas, amor mío! No puedo evitar pensar cada día en nuestro proyecto de futuro: nuestra casa, la familia que queremos formar, todo. Es como si sintiese ya que nuestro deseo se va por fin a cumplir. ¿Verdad que es emocionante?

Recuerdo tus palabras en el día que te fuiste, las recuerdo perfectamente y puedo visualizar tu dulce rostro pronunciándolas con ternura infinita. Durante todo este tiempo tu mensaje ha sido mi bálsamo esperanzador, la única medicina efectiva para mitigar el dolor de tu ausencia.

Tengo buenas noticias que contarte. Pensé en darte una sorpresa cuando llegases, pero cierto es que no puedo esperar ni un instante más. Tal vez te imagines ya de qué se trata: el ministerio ha aprobado nuestra propuesta y podemos comenzar a producir ya mismo. Estos días han sido frenéticos, con todas las tareas de montaje y supervisión en la planta; estamos dejando todo a punto para poder comenzar cuanto antes. ¡Tengo unas ganas tremendas! Ha costado mucho llegar hasta aquí y ahora, por fin, ha llegado el momento. Estoy convencido de que nuestros productos serán de gran utilidad para todos y que mejorarán la calidad de vida de las personas. Sin duda así será, ¡pero la verdadera aventura aún está por llegar! En fin, deseo que pronto regreses a Levogrado para que puedas compartir mi júbilo y cooperar, como no, en esta nuestra empresa.

No me extiendo más en esta misiva, pues tampoco hay mucho más que contar. Lo único que me resta añadir es lo mucho que te quiero y confesar que deseo verte con ferviente pasión. Un beso y un abrazo muy grande, mi cielo. Te quiero.

Levogrado, 28 de septiembre de 1989.

lunes, 12 de noviembre de 2007

Sin tregua

La última guerra acaba de estallar. Última porque ya no vendrá otra; ésta no tendrá fin. ¡Sálvese quién pueda! Ha ocurrido porque el ambiente era irrespirable, de crispación constante: el conflicto era inminente. El mundo entero estaba agitado, caliente, enervado, rabioso. El último reducto de paz en la Tierra desapareció, desintegrándose en medio de la tormenta.

Ya no hay esperanza. Carece de sentido plantearse qué hacer en el futuro. Viviremos, de ahora en adelante, cada día como si fuera el último de nuestras vidas. En realidad, podría tratarse éste del último día de nuestras vidas. Aún cuando reina la calma —aparente, por supuesto— la preocupación se respira en el aire, pues en cualquier momento puede aparecer la bala, la flecha o el rayo que nos fulmine.

Los únicos buenos momentos que toca vivir ahora son los proporcionados por la satisfacción de abatir al enemigo, de causarle una baja más, de saquear sus propiedades y de conquistar su territorio. Es una alegría pasajera, pues todo eso así obtenido se desvanecerá rápidamente. Nada permanece en su sitio. Es el caos.

Tan solo cabe esperar, sin prisas, por la única cosa de la que tenemos certeza absoluta de que va a ocurrir: nuestra propia muerte. No buscamos la muerte biológica, sino la extinción de nuestra propia alma. Buscamos alcanzar el nirvana, reiniciar el ciclo; para renacer como una nueva humanidad, mejorada y superior.

lunes, 28 de mayo de 2007

Ojalá

Ojalá no necesites nunca el abrazo de un amigo por estar triste. Ojalá no tengas que sufrir el frío tacto de la Soledad. Ojalá vivas por siempre feliz y tu sonrisa no se apague nunca. Ojalá que tus ojos no tengan nunca que llorar, si no es de risa o de felicidad. Ojalá que el amor esté en tu vida siempre presente, llamándote a la puerta cada día. Ojalá no te falte nunca la comprensión de quien te aprecia. Ojalá que el cariño y la ternura no desaparezcan de tu vida, aplastados por el ajetreo del día a día. Ojalá no seas foco de la maldad de nadie. Ojalá.

ojalá.
(Del ár. hisp. law šá lláh, si Dios quiere).
1. interj. Denota vivo deseo de que suceda algo.

miércoles, 7 de febrero de 2007

Maldad

En estos días previos al inminente colapso de la humanidad observo atónito cómo la maldad de las personas le gana terreno al amor verdadero. Del suelo me levanto, dolido, y observo a los demás ángeles heridos en esta cruel batalla. Percibo el olor de su sangre derramada, la sangre de los justos. Recojo del suelo como puedo el poco honor que me queda y empiezo a correr en dirección ninguna parte.

Solía confiar en las personas; sé que nuestra naturaleza es ser bondadosos. Pero surge la avaricia, la sed de poder o simplemente la envidia: el ego se hace notar. Se forma ese deseo de avasallar, de imponerse a los demás. Las personas ya no son buenas, prefiriendo la hostilidad a la cooperación.

Ese fiero tornado que es el deseo de poder pronto se torna en catástrofe. Hermanos que pelean, amigos que traicionan, amantes que abandonan. Sin reparo se causa el daño, se ofende, se humilla, se destruye, se aniquila. Todo por un poco más de esa sensación de poder, todo por satisfacer ese deseo impuro que es estar por encima de los demás.

Todo vale: por la espalda, sigilosamente, cuando todos duermen. Se planea y se ejecuta, sin considerar daños colaterales, sin darle importancia a nada que no sea el beneficio personal, sin pararse a pensar en las víctimas. Sin respeto, sin honor. Tan solo hay que esperar al momento adecuado.

Pero ese oportunista corso no puede nunca vencer. Ese sabotaje, esa fechoría no quedará impune. Su beneficio no perdura; se desvanece, se marchita, porque su autor sirve a la mentira y a la traición. Se sumirá en la desgracia su artífice tratando de sostener lo insostenible, condenado a una infinita preocupación que terminará por arrastrarle a la peor de las ruinas.


Le debo una canción a lo oportuno,
A lo oportuno, mutilador de cuanta ala.
Le debo una canción de tono oscuro
que lo encadene a vagar su eterna madrugada.


Silvio Rodríguez - Testamento

viernes, 26 de enero de 2007

S.O.S.

(Dedicado a mi pequeña Tinkerbell, estés donde estés)

¡Qué tristeza tan grande! Pensar que tan cerca te tuve, y que ahora te has marchado. Mi alma llora porque no sé donde estás. ¡Oh, pequeña mía! Quién sabe si estarás bien, o si estarás sufriendo, sola, o si sigues viva...

El mundo ya no es lo que era. Las gentes no tienen ilusión, no creen en nada. No creen en las hadas, y por eso éstas perecen irremediablemente. En sus ajetreadas vidas no hay lugar para tan magníficas portadoras de la alegría; todos están muy ocupados adorando al nuevo becerro de oro.

Este nuevo mundo, insano, devastado por la codicia, es en verdad deprimente. En estos tiempos, el honor es un bien escaso y poco valorado. La gente trafica con él, lo vende, lo compra, lo vuelve a vender, lo deteriora, lo distorsiona, lo destruye. No hay tiempo para el amor, para vivir en armonía con el prójimo y con el entorno. Nada importa salvo el beneficio egoísta a corto plazo.

Ayuda solicito, pido, necesito. Ayuda para levantar el derruido templo donde reinaban la paz y el amor. Ayuda para reforestar el bosque donde las hadas habitaban antes de marchar, para que regresen algún día. Ayuda para unir de nuevo a la gente. Ayuda para encontrarte de nuevo, pequeña mía, y que nos traigas a todos la felicidad.

No remorse 'cause I still remember
The smile when you tore me apart

Within Temptation - Angels